Meknes
Actualizado el 27/09/2024
Si hubiera que nombrar una ciudad de Marruecos injustamente ignorada, especialmente considerando su condición de antigua capital del país y su clasificación como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, esa sería Meknes.
Paradójicamente, lo que podría parecer un hándicap resulta ser su mayor ventaja. Que una ciudad, partiendo prácticamente de la nada, se convirtiera en la más importante del país, y que de forma igualmente abrupta fuera nuevamente menospreciada, ha permitido que la identidad que adquirió en su época de esplendor, a imagen y semejanza de su benefactor, Moulay Ismail, permanezca inalterada.
Es la personalidad de este sultán marroquí el hilo conductor de la ciudad, convirtiéndola en una suerte de museo al aire libre, como exploraremos a continuación.
Historia de Meknes
Originalmente un asentamiento de la tribu bereber Miknasa en las cercanías de la ciudad romana de Volúbilis en el siglo X, fue posteriormente conquistada y fortificada por los almorávides. A partir de ese momento, comenzó un periodo turbulento caracterizado por ataques, tomas de posesión y reconstrucciones.
No fue hasta el siglo XVII que la ciudad forjó su carácter, cuando Moulay Ismail, gobernador de la ciudad de Meknes, fue nombrado repentinamente sultán del país, al morir su hermano en un accidente de caballo.
Pese a que la capital del país en ese momento era Fez, decidió trasladarla a la ciudad que estaba gobernando para evitar complicaciones. Su sobrino había tomado posesión de ella, y además la comunidad de estudiosos de Fez no estaba de acuerdo con la forma en la gobernaba Meknes, por lo que toda acción que tomara en la ciudad sería fuertemente criticada.
Decidió convertir a Meknes en la nueva capital del país y en su buque insignia: Meknes sería la punta de lanza de un país que se alejaría de un periodo oscuro caracterizado por las luchas tribales y la presencia extranjera en la costa del país hacia una imagen renovada con una estructura fuertemente centralizada y ordenada.
Meknes sería el fiel reflejo de esta política de renovación y ordenamiento: se haría tábula rasa de la ciudad demoliendo las estructuras existentes y se construiría de forma constante durante sus 55 años de reinado, dando lugar a una ciudad rodeada de una muralla de 44 kilómetros de largo, conteniendo en su interior palacios y otras estructuras urbanas con su propia muralla.
Dicen que la luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo: el reinado de Moulay Ismail se caracterizó por sacar al país de una situación complicada y por hacerlo florecer durante el medio siglo que reinó, volviendo a sumirse en un descontrol en el momento en que murió. La situación política del país se volvió anárquica porque varios de sus hijos quisieron competir por relevarlo en el cargo, perdiendo además Meknes su estatus de capital. Además, apenas 30 años después el terremoto de Lisboa dejó a la ciudad con miles de muertos y su arquitectura seriamente afectada.
Pese a todo, la ciudad fue desarrollándose de forma concéntrica tomando como partida las afueras de la muralla. Gracias al profundo trabajo de restauración llevado a cabo por los franceses al inicio del siglo XIX, la UNESCO nombró a la medina en 1996 Patrimonio de la Humanidad por su singularidad arquitectónica.

Moulay Ismail
No es posible entender Meknes sin Moulay, y viceversa. Sobre él se han escrito ríos de tinta, no sin discrepancias entre los historiadores. Pero siempre hay consenso en definir a Moulay Ismail como una persona concienzuda, decidida, previsora y desconfiada. Estas características explican, entre otras cosas, que lograra implantar un sistema centralizado de gobierno, crear un ejército capaz de mantener el control del territorio marroquí y repeler las invasiones extranjeras, y establecer un sistema global de impuestos para financiar sus campañas militares y proyectos de construcción.
Nuestros gestos y decisiones son lo que más nos define. Se estima que Moulay Ismail poseía un harén de 500 mujeres, lo que puede parecer responder a un deseo insaciable de amar (o, más bien, a la intención de construir una leyenda en torno a su figura). En realidad, el objetivo principal era evitar distracciones en su igualmente descomunal ejército, integrando en su harén a todas las mujeres bellas de Meknes e implantando una ley que dictaba un destino fatal a cualquier hombre que se insinuara a alguna de las compañeras de Moulay.
Qué ver en Meknes
Meknes está llena de monumentos que reflejan el carácter de Moulay. Recorreremos, de manera paralela, los espacios emblemáticos de Meknes, su historia y los aspectos más destacados de la mente que los concibió.
Debido a la extensa remodelación que hizo Moulay Ismail de la ciudad, su casco histórico es considerablemente más grande que el de otras ciudades de Marruecos, y los lugares de interés están más dispersos. Por lo tanto, en lugar de recorrer toda la medina a pie, alternaremos con recorridos en vehículo.
En caso de hacer uso de los servicios del taxista, se recomienda encarecidamente fijar un precio previamente, indicando de manera clara los puntos principales a visitar y aclarando el tiempo total aproximado que el taxista deberá estar con nosotros (aproximadamente 2 horas). No se debería pagar más de 200 dirhams por el servicio completo.

Murallas
Si hay algo por lo que Meknes es conocida es por los 44 kilómetros de murallas que la rodean. Con un grosor que varía entre un metro y medio y tres metros, y una altura de entre siete y quince metros, las murallas tienen varios niveles de profundidad según la importancia de la zona a proteger, llegando incluso a ser necesario atravesar tres niveles de muralla en el caso del palacio real o los almacenes de recursos.
Una indicación al taxista de que queremos echarle un vistazo a las murallas será suficiente para que rodee una parte representativa de ella, que suele ser de aproximadamente 6 kilómetros de longitud, recorriendo varios bastiones y puertas. En caso de que vayamos por nuestra cuenta, podemos hacer uso de las bondades del GPS para definir un recorrido que comience en la Bab Berdaine, luego a la Bab Bou Ameir, atraviese el interior de la ciudad histórica dejando de lado el Mausoleo de Moulay Ismail y llegue hasta el Palacio Real (Dar El-Makhzen).

El elemento más significativo del sistema defensivo ideado por Moulay Ismail es la avenida que conduce al Palacio Real, flanqueada por murallas a ambos lados y con una puerta en cada extremo. En el hipotético caso de que un invasor lograra atravesar los tres niveles de muralla, encontraría la puerta final de acceso abierta, sugiriendo que, ante el avance del asedio, el sultán y su corte habían optado por huir sin mirar atrás. Sin embargo, cuando el invasor alcanzara una posición intermedia en la avenida, las puertas se cerrarían en ambos extremos. Para cuando se diera cuenta de su error, ya sería demasiado tarde. Esta calle terminaría siendo conocida popularmente como “la avenida de la muerte”.
Al final de la avenida nos encontraremos con el Palacio Real, donde, lamentablemente, sólo podremos admirar sus puertas de acceso, pues como es norma con los palacios reales de Marruecos no es visitable.
Desde aquí, pediremos al taxi que nos lleve al siguiente punto. Los siguientes tres lugares están conectados entre sí, no siendo necesario utilizar un vehículo para desplazarse entre ellos.


Sahrij Swani
Hoy convertido en jardín y lugar de esparcimiento, el conocido como Estanque de Agdal fue originalmente un enorme sistema de almacenamiento de agua, con aproximadamente 150 metros de ancho, 300 metros de largo y una profundidad media de 1,2 metros.
Este sistema reflejaba el temor del sultán a quedarse sin este recurso tan valioso para los ciudadanos, el cultivo o los animales en caso de sequía o de un asedio prolongado. Un ejemplo más conocido son los Jardines de la Menara en Marrakech, aunque en ese caso la superficie es menos de la mitad, lo que ilustra el carácter precavido y meticuloso de Moulay Ismail.
Heri es-Swani
Junto al estanque se sitúa este monumento comúnmente conocido como establos reales, si bien su función principal era la de almacenar el grano, probablemente el segundo recurso más necesario.
Hoy en día se presenta como una estructura abierta de aproximadamente 180 x 100 metros, dividida en 22 filas de arcos transversales y con una serie de pasillos longitudinales para una logística eficiente y una libre circulación dentro del silo.

Lamentablemente, para apreciar lo más ingenioso del monumento es necesario recurrir a la imaginación: había una cubierta de madera a la que eran conducidas las mulas cargadas de grano, vertiéndolo a través de unos agujeros estratégicamente repartidos por ésta. Estos orificios también ayudaban a conseguir las condiciones necesarias para un correcto almacenamiento del grano: temperatura estable y un lugar fresco y ventilado.
A diferencia del agua, el aprovisionamiento de grano dependía principalmente de la producción de los pueblos cercanos a la ciudad de Meknes. Como novedad, Moulay Ismail estableció que la cantidad de grano que debía proporcionar cada pueblo no fuera un porcentaje de su producción, sino toda la cantidad que le sobrara después de asegurarse su propia subsistencia. De este modo, se podía distribuir grano a otros pueblos con menor suerte.
Esto generó recelo entre los pueblos más productivos, y, sumado a otras políticas nuevas de carácter similar, según la leyenda, provocó que Moulay temiera más a su propio pueblo que a las potencias extranjeras.

Dar al-Ma
Popularmente conocida como “La casa de las diez norias”, se sitúa en uno de los extremos del granero. Muy bien conservada, dispone incluso de réplicas de antiguas maquinarias.
Compuesta por una cámara central que conecta con 15 cámaras abovedadas mediante corredores, cada cámara contiene un pozo del que se extrae agua mediante una noria traccionada por caballos. Una vez que el agua transportada en cubos llegaba a un nivel superior, se vertía en canales de arcilla que conectaban tanto con el Estanque de Agdal como con otros puntos de suministro de la ciudad.
Una leyenda que circula en torno a este monumento es que, pese a no tratarse de una tarea compleja ni idónea para los soldados del rey, eran estos los encargados de controlar y gestionar la extracción del agua, al igual que ocurría con otras tareas rutinarias de similar naturaleza. Al parecer, Moulay Ismail pensaba que un soldado ocupado era un soldado sin tiempo para pensar, y por tanto, sin oportunidad de planear un motín contra su sultán.
El siguiente punto, el Mausoleo de Moulay Ismail, será el destino final al que nos deberá llevar el taxista y donde nos despediremos de él, ya que el resto del recorrido lo podremos hacer cómodamente a pie.

En caso de que hayamos optado por utilizar nuestro propio vehículo, se recomienda aparcar en la Plaza Lalla Aouda, a escasos 3 minutos a pie del mausoleo. Es una zona ajardinada donde suelen estacionarse las calesas y se ofrece la opción de dejar el coche con vigilancia por 20 dírhams al día.

Mausoleo de Moulay Ismail
Situado dentro del Palacio Dar el Kebira, con una bonita fachada y una explanada como presentación, suele ser parada imprescindible incluso para quienes visitan Meknes sólo de pasada.
Construido en 1703, el edificio fue objeto de numerosas adiciones y expansiones, la mayoría bajo el mandato del hijo del sultán, que actuó como breve sucesor.
Al entrar por la fachada sur y tras pasar por una primera sala de abluciones, se accede a varias salas de generosas dimensiones, decoradas con estuco amarillo, azulejos con patrones geométricos en suelo y paredes, y tejas de tonos verdosos. Después de atravesarlas, se llega a la zona donde está enterrado el sultán junto con dos de sus hijos, siendo necesario descalzarse antes de entrar.

El sepulcro presenta una artesanía más elaborada, destacando el trabajo decorativo en las yeserías de las paredes y el techo de madera de cedro. Se divide en dos zonas: la antesala de las tumbas, con una fuente de abluciones central, y la sala donde descansan los restos del sultán y su familia, a la que una barandilla impide el acceso a los no musulmanes.
Un detalle sutil de la sala son los relojes de péndulo, obsequio de Luis XIV de Francia a Moulay, con quien mantenía una excelente relación. Aunque pueda parecer una contradicción, sobre todo considerando que uno de los objetivos del sultán era liberar Marruecos de influencias extranjeras, y a pesar de su fama de implacable guerrero, Moulay también era pragmático y entendía que, en ocasiones, contar con aliados extranjeros era necesario, especialmente cuando compartían enemigos como España.


Pabellón de Embajadores y Prisión de Cara
Saliendo, a la derecha del Mausoleo, se extiende una gran explanada con aberturas, coronada por un pabellón que Moulay Ismail utilizaba para recibir a embajadores extranjeros. Este espacio servía como la gran carta de presentación del sultán ante las potencias internacionales, mostrándose como cordial con sus aliados pero despiadado con sus enemigos.
Pues esta explanada no es otra cosa que el techo de una prisión, y los orificios la única vía de entrada a las celdas, desde los que era imposible regresar a la superficie una vez descendido. El interior de esta prisión está formado por arcos y gruesas paredes, un lugar austero sin divisiones, un laberinto kilométrico carente de puertas o rejas, que subraya las condiciones de inhabitabilidad de los prisioneros.
O, al menos, eso es lo que cuenta la leyenda, posiblemente promovida por el propio sultán, quien sabía que gobernar con mano de hierro también implicaba la construcción de una imagen temible. En realidad, solo fue prisión de forma provisional en una ocasión, y su verdadero propósito era funcionar como almacén de grano, similar a Heri es-Swani, donde recordemos los agujeros en el techo facilitaban el almacenamiento, permitiendo que el grano cayera directamente desde arriba.

Después de explorar este espacio (al que se accede a través de una escalera en el Pabellón de Embajadores), saldremos, giraremos a la izquierda y continuaremos la calle, dejando a nuestra derecha la Plaza Lalla Aouda.
En una de las esquinas de la plaza hay una rotonda, por la que dos de sus carriles cruzan el siguiente nivel de muralla a través de dos arcos, aunque son exclusivos para vehículos. Para atravesarla, utilizaremos una puerta más pequeña situada a la izquierda de estos arcos (puede resultar confuso, ya que es necesario acceder a una tienda dentro de la muralla).

Bab Mansour y Plaza el Hedim
Atravesando la muralla hacia la izquierda, veremos estos dos espacios, probablemente los más concurridos y turísticos de la ciudad, uno frente al otro.

Bab Mansour es la puerta más icónica de todas las que pueblan la muralla de Meknes, ostentando además el título de la puerta más grande de Marruecos y África del Norte. Con aproximadamente 16 metros de altura, se compone de un cuerpo central con una abertura en forma de arco de medio punto de 8 metros de altura, y dos torres laterales con arcos descansando sobre columnas de mármol.
La mayor parte de la fachada está cubierta por azulejos en tonalidades blancas, marrones, azules y verdes, agrupados en formas florales, mientras que el resto está decorado con trazos de escritura árabe.
Es la más ornamentada de todas las puertas de la muralla, ya que su función no era tanto defensiva como ceremonial. Servía como entrada principal a la ciudadela donde vivían Moulay Ismail y su séquito, y debía concebirse como una carta de presentación destinada a impresionar a los foráneos.
Tanto en su función como en diseño recuerda bastante a los arcos de triunfo romanos. Y probablemente sirvieran de inspiración, considerando que sus columnas de mármol son de origen romano, probablemente reaprovechadas de la antigua ciudad de Volúbilis, y que “Bab El Mansour” significa “Puerta de la Victoria”.
A la plaza El Hedim se le conoce popularmente como “la pequeña Jemaa el Fna”, pues al igual que la famosa plaza de Marrakech carece de ornamentación y el verdadero interés lo despiertan los puestos callejeros, las tatuadoras de henna, los cuentacuentos y demás artistas callejeros que la pueblan. Aunque es más pequeña, tiene como principal ventaja que, al ser mucho menos turística, resulte mucho más cómodo pasear por ella sin el acoso continuo de vendedores.

Una vez recorrida la plaza, es recomendable visitar el pintoresco mercado cubierto, situado en el lado suroeste de la plaza. Es un mercado completamente orientado a los locales y resulta muy útil para aprovisionarse de una gran variedad de dulces y pastas a bajo coste, o para comprar especias si somos aficionados a trasladar los sabores de Marruecos a nuestra casa.
Otro lugar destacado en la plaza es el Museo Dar Jamai, cuyo acceso está en el lado noroeste. Antiguo palacio de una familia ilustre de Meknes, en su momento fue también hospital militar, tribunal y, finalmente, museo donde se exhiben piezas de cerámica, textiles y joyería.
Quizás el museo sea incluso más interesante por su continente que por su contenido. Rico en detalles de yesería en las paredes y con techos de madera tallada, lo más destacable es el cuidado y extenso jardín que recibe al visitante. En cualquier caso, 30 dírhams bien invertidos en un museo que transmite tranquilidad, elegancia y un gran gusto por el detalle.
Para el siguiente punto del recorrido, tomaremos la calle situada a la izquierda al salir del museo. Al final de la calle, a escasos tres minutos caminando, lo encontraremos de frente.

Madraza de Bou Inania
Es fácil confundirla con la madraza más conocida de Fez, ya que comparten nombre. Curiosamente, la madraza de Fez debe su nombre al sultán bajo cuyo mandato fue construida, Abu Inan, mientras que la de Meknes fue edificada 15 años antes, bajo el mandato de su padre. Posteriormente, Abu Inan la restauró, dejándole su impronta al renombrarla y dotarla de una decoración muy similar a la que había inaugurado en Fez.

Una vez atravesemos la puerta de bronce de acceso y recorramos un largo pasillo, algo habitual en las madrazas para filtrar el ruido de la calle, llegaremos al patio de abluciones. La sensación de déjà vu estará más que garantizada si previamente se ha visitado la de Fez, ya que presenta una decoración similar: estuco tallado en las paredes, salvo los dos primeros metros revestidos con azulejos, madera tallada en puertas, ventanas, balcones y remates superiores de las paredes, y tejas en tonalidades verdes. A pesar de esto, la visita es más que recomendable, pues mientras que en Fez sólo se puede visitar el patio, en Meknes es posible explorar todo el conjunto.
Dejando el acceso a nuestra espalda, a la derecha del patio se encuentra una pequeña mezquita, mientras que a la izquierda, protegida por una celosía de madera, está la primera hilera de habitaciones de estudiantes y la escalera que da acceso al resto de las plantas.
Distribuidas a lo largo de un pasillo perimetral, todas las habitaciones se caracterizan por su austeridad y por tener las dimensiones justas para una cama. Todas se abren al patio de abluciones a través de una ventana de estrechas dimensiones, excepto la habitación más cercana a la fachada que también tiene una ventana que da a la calle. En esa habitación dormía el decano de la madraza, quien tenía la misión de vigilar a través de esa abertura para asegurarse de que ningún estudiante abusara de la vida callejera.
Si continuamos subiendo por la escalera podremos acceder a la cubierta, donde tendremos la oportunidad de observar el trabajo de artesanía en los tejados y cómo se relacionan todos los volúmenes de la madraza. Desde aquí también se tiene una vista privilegiada de la mezquita contigua, la más grande de la ciudad, y de su minarete.

Finalmente, en un espacio anexo a la madraza se encuentra la zona de baños, definida por una sala central con una fuente de agua templada (el agua se calentaba en una sala contigua y se canalizaba a la fuente central) y cabinas individuales alrededor de ésta. A pesar de la austeridad de la sala, los ventanales superiores, que sirven de ventilación y dejan pasar una luz teñida de verde por la influencia de la cubierta, contribuyen a crear una atmósfera mágica. A modo de curiosidad, la madraza homónima de Fez no dispone de esta sala, siendo necesario organizar salidas periódicas para que los estudiantes pudieran asearse.

La medina de Meknes
Una vez visitados todos los monumentos relevantes de la ciudad, podremos emplear el resto de la jornada en recorrer su medina sin mayores pretensiones.

La zona más pintoresca se sitúa en los alrededores de la Gran Mezquita, justo enfrente de la madraza que acabamos de visitar, ya que es alrededor de ésta donde se distribuyen los zocos de la ciudad.
Destacan, por cómo despiertan el sentido de la vista, el zoco Bab Jdid (instrumentos musicales), Bezzazine (cestería), Nejjarine (carpintería), Sekkanike (hojalateros) y El Herir (tejidos de seda).
De una forma u otra, recorrer una medina marroquí siempre es una invitación a perderse y dejarse sorprender, especialmente en una ciudad como Meknes, donde la falta de interés turístico ha impedido el desarrollo de la picaresca comercial, permitiendo un paseo más tranquilo y propicio para encontrarnos con las estampas cotidianas de sus habitantes.
Meknes, una joya olvidada entre las ciudades imperiales de Marruecos, conserva la impronta de su benefactor, Moulay Ismail. Su rica historia y monumentalidad permanecen casi intactas, como si el tiempo hubiera decidido concederle una tregua para conservar su esplendor.
Hoy, aún lejos del turismo masivo, sigue siendo un museo al aire libre, testimonio de un pasado glorioso que espera ser redescubierto.
Localización: 33°53′N 5°33′O (ver mapa)
Población: 520000 aprox.
Fundación: Siglo X. Transformada y convertida en ciudad imperial en el 1672
Clima: Temperaturas medias máximas y mínimas por estación: Primavera (26-08 ºC), Verano (36-15 ºC), Otoño (33-09 ºC), Invierno (17-04 ºC). Con alguna posibilidad de precipitaciones únicamente en invierno.
Dónde comer: Suele ser habitual almorzar en alguno de los restaurantes panorámicos que hay en la plaza, pero están muy enfocados al turismo y suelen carecer de calidad. Alternativamente, se recomienda el Restaurante Aisha (ver localización), situado cerca de la plaza, que ofrece una gran variedad de comida casera a precios económicos.
Meknes se encuentra en los alrededores de Fez. Si quieres saber más sobre la ciudad, visita nuestra guía con toda la información sobre Fez.








Exelente este me gusto mucho muchas gracias
De nada, Susana. Gracias a ti por comentar.
Hola, el resumen que has hecho de Meknés es tal cual fue mi visita. En un solo día puedes verlo todo. Únicamente indicar que los viernes la medina está completamente cerrada y no es lo mismo. Pero es una ciudad acogedora, bonita y limpia. Sus habitantes son educados, amables y muy hospitalarios. En mi viaje conocí una profesora de matemáticas, Attica, que me sorprendió por su acogida sin conocerme de nada. Hablamos mucho y me encantó conocerla. Te felicito por el blog.
Hola, Consuelo. Me alegra que te guste nuestro blog.
Tienes razón sobre lo que mencionas de la medina, aunque en realidad no ocurre sólo en Meknes. En Marruecos, al ser un país musulmán, los viernes son el día festivo, como lo es el domingo para los católicos o el sábado para los judíos. Esto se traduce en que las tiendas suelen estar cerradas, tal y como describes.
Un saludo y gracias por tu comentario.