Abderrahim El Makkouri y otros cuenteros de Marruecos
Durante siglos, la palabra ha sido una de las principales formas de entretenimiento y transmisión cultural en Marruecos. Mucho antes de que los libros llegaran a los hogares, los cuenteros transmitían historias y, utilizando como únicas herramientas la voz, la memoria y sus gestos, embelesaban, entretenían y cohesionaban a la comunidad en torno a las leyendas.
Los antiguos cuenteros contaban historias de ciudad en ciudad. Su espectáculo era una especie de noticiario oral que tenía la misión de traer información de ciudades lejanas y servir de entretenimiento a la población local. Poco después, comenzaron a asentarse en diferentes comunidades, y mientras contaban historias vendían amuletos, talismanes y pócimas milagrosas. El oficio terminó de consolidarse y los cuentos fueron pasando de generación a generación de manera oral.
Hoy, las voces de los cuenteros conviven con la realidad digital del presente. El oficio de cuentacuentos resiste a pesar del auge de la tecnología, adaptándose a los nuevos tiempos para que las historias que hablan del bien y el mal, de amor y tradiciones, de héroes, campesinos y sultanes no caigan en el olvido. El oficio poco a poco va desapareciendo, pero cada vez más personas se unen con el objetivo de lograr su supervivencia y preservar así la memoria colectiva de una sociedad profundamente arraigada a la tradición oral.
El regalo del Rey
Abderrahim El Makkouri, cuentero de profesión, fue toda una institución en Marrakech. Alto, con barba, vestido al estilo tradicional y con una nariz prominente, se lanzaba cada noche a las calles de la ciudad para contar sus historias a cambio de unas monedas.
La llegada de la televisión a los hogares supuso que el oficio entrara en declive. Algunos cuenteros decidieron pasar a lustrar zapatos y otros simplemente dejaron de acudir cada noche a la plaza de Jemaa el Fna, perdiéndose su pista para siempre. Estaba en riesgo una profesión con siglos de antigüedad. Incluso a Abderrahim se le pasó por la cabeza dejar la profesión, desanimado por las deudas y porque su hijo no tenía interés por seguir con la tradición familiar.
Sin embargo, la suerte de Abderrahim cambió repentinamente cuando llegó a oídos del Rey su situación. Consciente de la necesidad de mantener vivas las tradiciones, el monarca le compró a Abderrahim una casa para darle la estabilidad que necesitaba y contribuir a que una tradición de más mil años de antigüedad no se perdiera para siempre.
Cuenteros de renombre
Abderrahim representa una forma de entender la palabra como patrimonio, como herencia que se transmite de generación en generación. Porque en Marruecos, contar historias nunca fue un simple entretenimiento. Durante siglos, en un país donde la tradición oral ha tenido un peso fundamental porque buena parte de la población no sabía leer ni escribir, los cuenteros funcionaban como bibliotecas humanas, guardianes de leyendas populares, episodios históricos y enseñanzas morales. No es casual que en Marrakech se escuche este proverbio: “cuando muere un cuentero, arde una librería entera”.
Otro cuentero de renombre ha sido Moulay Mohammed, que ha estado más de medio siglo de vida contando cuentos. Aprendió el oficio de tanto escuchar a los ancianos que contaban sus historias. Su memoria privilegiada le permitió memorizar y adaptar numerosos relatos de “Las mil y una noches” para después narrar sus historias al público.
El secreto de su éxito, sin embargo, era cómo contaba los cuentos. “No es lo que se dice, sino cómo se dice”, señalaba cuando alguien se mostraba sorprendido porque incluso los turistas, sin conocer la lengua, se quedaban embelesados al escuchar sus historias.
El arte de narrar
Este arte de narrar, que durante generaciones se transmitió de maestro a aprendiz, convirtió a los cuenteros en el legado de una tradición de incalculable valor. Cada relato aprendido es un fragmento de historia salvado del olvido y ésta es una de las razones por lo que esta práctica ha contribuido al nombramiento de la plaza de Jemaa el Fna como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
En un contexto marcado por la modernización, los nuevos hábitos de ocio y la dificultad de los cuenteros de vivir exclusivamente de la narración oral ha hecho que muchas de aquellas voces se hayan ido apagando. A pesar de ello no faltan iniciativas que buscan nuevos caminos, trasladando los cuentos a espacios más íntimos, como cafés, restaurantes y riads, al tiempo que las historias se adaptan a los tiempos actuales. Y así, entre la herencia y la transformación, los cuenteros de Marruecos siguen representando un vínculo vivo entre el pasado y el presente.
Los cuentos de hoy en día
Zouhair Khaznaoui es una de las figuras que más ha luchado porque el oficio de cuentero no desaparezca. Para ello trasladó su voz al World Storytelling Cafe, una cafetería de Marrakech que se reinventó para que sus clientes pudieran disfrutar de la herencia de los cuentacuentos.
Su forma de gesticular y los diferentes matices de su voz son su gran potencial. Y si en la plaza de Jemaa el Fna habla en dariya, en el café cuenta sus historias en inglés, para abrir la posibilidad de que todo el mundo, tanto locales como turistas, pueda entenderle. Porque lo importante es que la moraleja llegue al oyente y las costumbres no queden en el olvido, aunque haya que adaptarlas.
En su día, Zouhair fundó junto con un socio la International Storytelling School de Marrakech para que la tradición del cuentacuentos no se perdiera. Las historias se modernizaron y las nuevas generaciones comenzaron a interesarse por contar historias, un arte que por primera vez se abrió a las mujeres, que empezaron a encontrar su sitio en un oficio tradicionalmente masculino. Ellas, sin embargo, prefieren desarrollar la actividad en pequeños cafés y riads, donde se sienten más cómodas alejadas de los estereotipos.
Nuevos escenarios
Cuando cae la tarde en Marrakech y el cielo comienza a teñirse de tonos anaranjados, la plaza Jemaa el Fna se llena de voces, sonidos y movimientos que parecen superponerse sin orden aparente. Entre el bullicio de los músicos, el humo de los puestos de comida y el ir y venir de curiosos y viajeros, durante siglos existía un oasis de silencio que se creaba alrededor de un hombre que hablaba y de un corro que escuchaba. Allí, sin escenario ni micrófonos, los cuenteros de Marruecos transformaban la palabra en espectáculo.
Hoy, la plaza sigue albergando a los cuenteros, pero principalmente los más jóvenes se han trasladado a otros puntos de la ciudad, como los riads, las librerías, los hoteles y los restaurantes, así como en los nuevos locales que se han abierto en localidades como Chaouen y Fez.
Algunos de estos cuenteros, como Mohsine Touel, cuentan que su gusto por los cuentos proviene del ambiente familiar. En las casas, las madres contaban cuentos a los niños, herencia de los abuelos. Esta tradición, unida a la generosidad de antiguos cuenteros, ha permitido que el oficio se mantenga y que la narración oral siga viva.
La modulación de la voz, los gestos de la cara, el baile de las manos y la expresividad del cuerpo son las herramientas que utiliza el cuentero para que te sumerjas en su historia. El oficio tradicional ha conseguido readaptarse a los nuevos tiempos gracias a los esfuerzos de quienes no quieren ver cómo una tradición profundamente arraigada en la cultura popular termina diluyéndose con el paso de los años.
Imagen de portada: Citt, CC BY-NC-ND 2.0, Enlace







