Aisha Ramada, el cuento de la Cenicienta marroquí
Algunos de los cuentos marroquíes se basan en historias tradicionales occidentales, pero adaptadas a los gustos locales. En ellos se puede ver la idiosincrasia de Marruecos y se hace alusión a su cultura, lo que en su día les hacía fascinantes tanto para los sultanes que los escuchaban de boca de las esclavas, como para la gente del pueblo, que los transmitían de generación en generación.
Uno de los más famosos es el de Aisha Ramada. Aisha, cuyo nombre se puede traducir como “sucia de cenizas”, es la protagonista del cuento de la Cenicienta, en su versión marroquí. Diversos parajes del cuento recuerdan a la famosa historia que en Occidente conocemos, mientras que otras partes difieren, adaptándose a los gustos y tradiciones marroquíes. En los cuentos de Marruecos aparecen animales fantásticos y las leyendas tienen un tinte más oscuro que los que se acostumbran a contar a los niños occidentales, lo que da pie a que los cuenteros, encargados de la tradición oral, narren las historias con un mayor dramatismo, para entusiasmo de los oyentes.
La historia de Aisha Ramada
Había una vez un hombre de edad avanzada que se había casado con dos mujeres. Una era dulce, buena y muy bella, y la otra mala y fea, además de ser una hechicera. Ambas tuvieron dos hijos. La mujer bella dio a luz a una niña tan guapa como ella, y la fea a una poco agraciada y malvada.
Un día, ambas mujeres acudieron a lavar la lana al río y unos ladrones les robaron el burro que llevaban. La hechicera convenció a la mujer bella para transformarla en burro y así poder llevar la lana de vuelta a la casa. Bajo la promesa de que después la transformaría en vaca y posteriormente en persona, la mujer bella aceptó. Pero la hechicera no cumplió su promesa, y cuando llegó a la casa dejó a la mujer hermosa, convertida en vaca, en el establo.
Desde ese día, la hija de la mujer bella comenzó a sufrir malos tratos por parte de su madrastra, quien, para humillarla, le tiraba ceniza a la cara y su hermosa cabellera, de ahí que comenzara a ser conocida con el nombre de Aisha Ramada, “sucia de cenizas”.
A pesar de las vejaciones, la joven que sufría los maltratos de su madrastra amanecía siempre peinada y limpia. La hechicera descubrió que, por la noche, la vaca llegaba hasta la alcoba de su hija, le acariciaba, le besaba, le bañaba y le peinaba, y antes de que amaneciera volvía al establo. Este fue el motivo por el que la mujer malvada llevó a la vaca al carnicero, quien la sacrificó y cortó su carne en pedazos.
La carne se vendió a todo el pueblo y cuando la hija se enteró fue recopilando los huesos, los lavó, los perfumó y, envolviéndolos en un lienzo, los enterró en el cementerio.
Babuchas en vez de un zapato de cristal
El rey de la zona anunció una fiesta en palacio. La mujer fea llevó a su hija a la fiesta, asegurándose que su hijastra se mantuviera ocupada realizando labores en la cocina durante toda la noche, para evitar que se desplazara a los festejos y que el rey se fijara en ella.
Sin embargo, la madre de Aisha apareció y vistió a su hija con un precioso vestido, peinó sus cabellos, y le puso unas preciosas y delicadas babuchas. Después la condujo a palacio, donde causó admiración por su belleza. Pero la joven abandonó la fiesta antes de caer la noche y perdió en el camino una de sus babuchas, que fue encontrada por el rey. El monarca anunció que tomaría como esposa a la dueña de tan pequeña y preciada babucha.
Tras mucho buscar, los sirvientes del rey encontraron a Aisha, la dueña de la babucha, que finalmente se casó con el rey. Y lejos de vengarse de su madrastra y hermanastra, la bella muchacha las llevó a palacio y las colmó de presentes.
Un inesperado y tenebroso final
A pesar de lo bien que se portó Aisha, el corazón de la madrastra solo albergaba rencor. Un día en el que ambas se asomaron al pozo de donde se sacaba agua para las abluciones del rey, la madrastra empujó a la joven reina y la hizo caer al pozo.
La reina, que estaba embarazada, tuvo a su hijo en la oscuridad y soledad del pozo, pero cuando se descubrió que ambos están vivos fueron rescatados. La reina decidió entonces vengarse, decapitando a su hermanastra y salando su cabeza. Después, su cuerpo fue cortado en pequeñas tiras, que se pusieron a secar al sol.
La carne se metió en un bolso, de tal manera que la cabeza quedaba en la parte inferior, y fue enviado a la madrastra, quien se comió los filetes con gusto, sin saber que era el cuerpo de su hija. Solo se dio cuenta de la atrocidad cuando, una vez que hubo finiquitado la carne, encontró la cabeza de su hija al fondo del bolso, y el disgusto le provocó la muerte.
Diferencias con Occidente
Es fácil imaginar cómo se narra de viva voz el cuento de Aisha Ramada en Marruecos, en el que la intriga va creciendo y la historia se vuelve más y más oscura. Se trata de una historia perfecta para ser narrada en palacio por Zahra, la antigua esclava del sultán Muley Hasán, y también en la plaza de Jemaa el Fna de Marrakech, donde abundan cuenteros que narran sus historias a cambio de unas monedas.
A los marroquíes les encantan estas interpretaciones de cuentos occidentales, pero salpicados de detalles referidos a su cultura. En este cuento se habla, por ejemplo, de la poligamia en Marruecos, pues un hombre se casa con dos mujeres, y también hace alusión al rito funerario musulmán, donde los cuerpos son envueltos en una simple tela de algodón blanco llamada “kafan” y son enterrados directamente en la tierra, sin ataúd.
El cambio del zapato de cristal por una babucha típicamente marroquí es uno de los aspectos que más llaman la atención en este cuento, que ha sido adaptado a las costumbres locales con el fin de que los marroquíes puedan disfrutar y comprender mejor la historia. Y también aparece un elemento típicamente musulmán, como las abluciones, que es el lavado de algunas partes del cuerpo antes de realizar las oraciones.
Y aunque el cuento de la Cenicienta tiene en su versión marroquí de Aisha Ramada su versión más oscura, lo cierto es que la historia engancha de igual manera que lo hace en Occidente. Independientemente del lugar donde sea escuchado, resulta difícil no caer en el magnetismo de un cuento en el que hay una madrastra malvada y una joven humilde que llega a ser reina, sobre todo si la historia está bien contada por un narrador que, con su tono de voz y sus gestos, te hace vivirla con la intensidad que merece.







