Villa Mabrouka: la casa de Saint Laurent convertida en hotel
Villa Mabrouka es un hotel de Tánger donde el auténtico lujo son los detalles marroquíes y la sensación de sentirse como en casa. Fue la casa del diseñador Yves Saint Laurent y del empresario y mecenas Pierre Bergé, quienes se escondían en Tánger cuando pretendían descansar y alejarse del mundo de la moda.
Villa Mabrouka está situada en uno de los jardines más grandes y bucólicos de Tánger, a unos pasos del bullicio de la mediana y la kasbah de la ciudad que enamoró a personalidades como el escritor Ernest Hemingway o el novelista Jack Kerouac.
Se trata de un auténtico paraíso natural que esconde una villa con doce habitaciones, distribuidas en una preciosa casa de estilo modernista, construida hace casi un siglo, y nuevas estancias en torno al jardín, que continúan la esencia que vio nacer a la villa. Se trata de una combinación perfecta entre artesanía marroquí, la pureza de la arquitectura modernista, el romanticismo inglés inmerso en los detalles y un gusto contemporáneo que termina de dar forma a un eclecticismo que, lejos de abrumarte, te hace sentirte como en casa.

Una villa llena de historia
La casa fue levantada en la década de 1930 para la familia Lebus. Tres décadas más tarde fue comprada por una jequesa kuwaití y en 1990 adquirida por Yves Saint Laurent y Pierre Bergé, quienes vivieron en ella hasta la muerte del diseñador francés en 2008.
Pierre Bergé no pudo soportar los recuerdos y abandonó la villa, mudándose a Villa León l’Africain, otra de sus propiedades en Tánger. Años más tarde, Bergé quiso regresar a Villa Mabrouka, tras casarse con la diseñadora de jardines Madison Cox en 2017, pero murió antes de llevarse a cabo la mudanza.
Dos años después, Villa Mabrouka fue adquirida por el diseñador británico Jasper Conran, propietario de L’Hôtel Marrakech, y un enamorado de la obra de Saint Laurent. “Desde que tengo uso de razón, Yves Saint Laurent ha tenido un inmenso significado para mí. Mientras algunos niños adoraban a los futbolistas, yo le admiraba a él. Era un genio”, ha señalado en más de una ocasión el diseñador.
Conran conoció la casa, en un viaje de negocios a Tánger, a través de Boubker Temili, un anticuario local que trabajaba en la Galerie Tindouf. “Al cruzar las puertas y entrar en el jardín me di cuenta de que podía convertirse en mi segundo proyecto hotelero”, señala. Para Conran fue mágico dejar atrás el bullicio de Tánger y adentrarse en el patio de la villa, enmarcado entre palmeras y plataneros. Un auténtico oasis conformado por un jardín con vistas al mar, acunado por el sonido de diferentes especies de pájaros, y repleto de malvarrosas, buganvillas, jazmines, rosas y azahar, siguiendo el toque del afamado paisajista Madison Cox, bajo la dirección de Saint Laurent y Bergé.
Conran compró la villa en 2019 y, de la mano del decorador de interiores Jacques Grange, se puso manos a la obra para conseguir que siguiera conservando el encanto que tanto hizo disfrutar a Saint Laurent, y su herencia estilística, pero bajo el reto de no convertirla en un alegato a su memoria.

Entre lo tradicional y el confort
Para convertir la villa en hotel fueron necesarias ciertas obras de acondicionamiento que tenían como objetivo introducir un mayor confort en la casa, sin renunciar a su encanto original. Se respetó la altura de los techos, de los que se colgaron lámparas de araña de Murano, y se conservaron las baldosas originales del suelo, de mármol, aunque se introdujo calefacción radiante. También se reemplazaron las tuberías, ya corroídas por el paso de los años, y se construyó una nueva suite en la azotea.
Las paredes, sin embargo, siguieron conservando su blancura para resaltar todos los detalles artesanales que luce la villa, desde las cortinas de gasa al mármol vetado, pasando por el ratán para los cabeceros, los espejos y mesas con incrustaciones de nácar, y los linos en tonos tostados, verdes y rosas.
En la casa también se puede observar toda la artesanía y los símbolos marroquíes que hacían vibrar a Saint Laurent, desde los arcos de herradura y los herrajes de latón, pasando por los techos con vigas pintadas en verde y azul a los bordados de Fez, que inundan las amplias y luminosas estancias, con amplias vidrieras y espaciosas terrazas que ofrecen unas inmejorables vistas al mar, al jardín y al cielo de Tánger.
Conran se implicó tanto en la decoración que terminó rediseñando cubiertos y vajillas, desde la tetera al salero y el pimentero de plata. Ningún detalle queda a su libre albedrio en el hotel.

El descanso como auténtico lujo
Villa Mabrouka es el lugar perfecto para el descanso. Además de las estancias en sí, el visitante puede disfrutar de tres restaurantes, dos piscinas de aguas cristalinas, un café bar y tres pabellones en el jardín, ideales para cenas privadas.
Precisamente la gastronomía es uno de los grandes valores añadidos de la villa. El menú se confecciona con platos de temporada e ingredientes frescos. Pescados y mariscos capturados cada día, frutas y verduras locales, deliciosos postres y sorbetes, y panes preparados a diario en la cocina del hotel.
El cuidado por los detalles hace que la villa se reserve para cenas, eventos, bodas y fiestas especiales, donde los invitados pueden disfrutar de interiores pintados a mano, vistas a los jardines, estancias con chimenea o unos exteriores llenos de romanticismo, dependiendo de la época del año y el espacio escogido. Desde 8 a 150 comensales, con almuerzos a la carta o cenas buffet, pero siempre bajo el común denominador del disfrute de una velada inolvidable.
La suite principal, bajo el nombre de Marrakech, es la que utilizaba Yves Saint Laurent. En la cama, las sábanas de lino fabricadas en Marruecos se planchan sobre la cama a diario, al tiempo que se esponja la almohada, elaborada con plumón de pato por la marca alemana Hefe, referente en sostenibilidad. Con un amplio baño y un vestidor, la habitación se llena de luz natural y del olor de las buganvillas y los cítricos del jardín, que reúne el aroma de más de 6.500 plantas. La gran terraza privada, además, ofrece unas vistas espectaculares.
El resto de las habitaciones y pabellones, que lucen nombres de lugares marroquíes, no desmerecen en cuanto a lujo y detalles. No faltan los elementos arabescos y los techos altos, los salones acristalados con chimeneas, y la exquisita combinación de los azulejos zellige con el mármol de Carrara, accesorios art decó, bañeras de época, armarios de celosía y toalleros cromados en los baños.

Bienestar para el cuerpo y el alma
En la piscina más grande de Villa Mabrouka, el agua va saltando de roca en roca mientras se calienta con el sol, mientras que en la piscina más pequeña relucen los azulejos esmeraldas elaborados en forma de espiga por artesanos locales.
El hammam fue otra de las novedades que introdujo Jasper Conran, convencido de que había que introducir esta costumbre tan árabe del disfrute del agua para proporcionar confort a los huéspedes después de una jornada de turismo, gastronomía o compras por la Tánger.
El hammam utiliza el calor para aliviar la tensión, proporcionando un ritual purificador y calmante que produce una inmediata sensación de bienestar en cuerpo y alma, bajo la tenue luz de lámparas de vidrio soplado, totalmente artesanales. En el ritual que se sigue en Villa Mabrouka se aplica jabón negro marroquí sobre la piel y después se frota con un guante especial para estimular la circulación sanguínea y dejar la piel exfoliada.
Tras enjuagarla, se aplica arcilla de las montañas del Atlas, que ofrece como resultado una piel suave, fresca, tersa y rejuvenecida. Este es uno de los placeres más solicitados en el spa del hotel, junto con los masajes y los tratamientos faciales.
Mabrouka significa “bendecido” y así es como lo sienten quienes disfrutan de esta villa, todo un referente de historia y diseño. Aquí no se van a encontrar libros ni fotografías de Yves Saint Laurent, pero sí se puede disfrutar de la esencia de quien supo encontrar en este lugar el secreto del descanso, el lujo de sentirse cómodo y el placer de recuperar unas estancias a medio camino entre la tradición marroquí y el más moderno confort. Un escenario de ensueño en torno a un jardín que, en medio de bullicio de Tánger, se siente como un auténtico oasis.







