El pobre leñador y el afrit del bosque
La historia del leñador y el afrit del bosque está enmarcada en la categoría de “cuentos maravillosos”. Se trata de leyendas contadas en los palacios a los sultanes por parte de sus esclavas, aunque en ocasiones también trascendían a las calles y eran narradas por cuentacuentos a la población.
Esta leyenda encierra alguno de los elementos favoritos por la población, como es la presencia de un afrit, un duende que vive en el bosque. La relación de este personaje con los hombres es lo que hace que la historia adquiera un aire sobrenatural. En este caso, el Mulay Hasán le gustaba escucharla de boca de Zahra, su antigua esclava.
La historia del leñador y el afrit del bosque
Había una vez un pobre leñador que tenía muchos hijos. Para alimentarlos, iba todos los días a cortar leña al bosque y después la cargaba a la espalda porque era tan pobre que no podía tener un asno. Así la transportaba para venderla en el zoco.
Un día, mientras estaba trabajando, se le apareció un grandísimo afrit de aspecto terrible quien se presentó como “el genio del bosque”. El afrit comunicó al hombre que estaba cansado de escuchar los golpes del hacha de la mañana a la noche.
Tras resumir el leñador su desgraciada historia, el afrit le entregó un molino de piedra para que tanto él como su familia pudieran comer sin esfuerzo. Cuando el hombre llegó a su casa, su mujer se puso a moler sin poner un solo grano de trigo entre las piedras. La sorpresa fue que la harina y la sémola empezaron a caer abundantemente, lo que les aseguraba el pan diario. El marido, entonces, se dedicó a pasear como si fuera rico.
Las vecinas descubrieron su secreto. Una de ellas fue un día a ver a su mujer y le pidió que le prestara el molino porque tenía el suyo estropeado. La mujer del leñador, que era torpe y tímida, no se atrevió a negárselo. Por la noche la vecina le devolvió otro idéntico y, al no ser el mismo, el leñador y su familia tuvieron que acostarse sin cenar.
De nuevo en el bosque
Al día siguiente, el hombre volvió a trabajar al bosque y al primer golpe del hacha volvió a aparecer el afrit, encolerizado. El leñador le explicó la situación y el afrit sacó del fondo de la tierra una bandeja de madera. Le dijo al leñador que solo tenía que recubrirla con un mekebb (esparto) a la hora de la comida para obtener alimento. Y le volvió a recordar que no regresara a interrumpir su reposo.
A la hora de la comida, el leñador puso la cubierta sobre la bandeja y apareció un tajine delicioso de carne en su punto, con cebollas, tomates y pan caliente. A partir de ese día, el leñador se dedicó a sus paseos y otros placeres, como si fuera rico.
Poco tiempo después, una vecina pidió prestada a la esposa la bandeja encantada y la sustituyó por otra común. Por la noche, la familia tuvo que irse a la cama sin cenar, un día más, lo que provocó que el leñador fuera de nuevo al bosque al día siguiente.
Un gato mágico
Al primer hachazo volvió a presentarse el monstruoso afrit, rugiendo con una cólera que hacía temblar la tierra. Cuando preguntó al leñador por su presencia en el bosque, el hombre le contó lo sucedido. El afrit, entonces, le regaló un gato negro, comunicando al leñador que tanto él como su familia podrían vivir de los excrementos del animal.
Una vez estuvo en su hogar, el gato hizo sus deposiciones en forma de piedras de todos los colores. Aunque el leñador no sabía qué eran rubíes, esmeraldas y perlas, las recogió y se fue al melah, a visitar a un judío, a quien preguntó por su valor. El judío, viendo la ignorancia del hombre, le cambió las piedras por un mendrugo, afirmando que eran simples guijarros.
De nuevo el leñador tuvo que volver al bosque porque no podía alimentar a sus hijos. Esta vez, el afrit no dijo nada cuando el hombre le contó lo que había ocurrido, pero le dio dos zerwata (garrotes provistos de clavos) asegurándole que no tendría más que decir “zerwata, zerwata, haz tu trabajo”, y ellos le sacarían de cualquier apuro. Y tras advertirle que ésa sería su última palabra, y que no debía enturbiar más el descanso del bosque, desapareció.
Cada uno, su escarmiento
El hombre se presentó con los garrotes en casa de la mujer que le había quitado el molino encantado y los zerwatas la dejaron molida a palos. Después, hizo lo mismo con la vecina que le había quitado la bandeja mágica. Y en cuanto al judío, los zerwatas hicieron tan bien su labor que el comerciante no solo le devolvió en monedas de oro el valor de las piedras precios robadas, sino que además le dio el dinero que tenía en su tienda y las mismas piedras preciosas, con las que había hecho unas bonitas joyas.
Desde entonces, el leñador se trasformó en el dueño del país y el más rico. Y gracias a los zerwatas también se convirtió en el hombre más poderoso y respetado. Y todo ello gracias al buen afrit, que demostró ser terrible solamente de aspecto, pues solo quería para él un poco de descanso.
Un cuento de raíces marroquíes
La historia del leñador y el afrit del bosque está llena de rasgos propios de un cuento marroquí. En primer lugar, hay que destacar la presencia del afrit, que en algunos casos se asocia a una divinidad maligna y en otras ocasiones es un espíritu o duende del bosque.
Pese a su presencia a su presencia malvada y su voz atronadora, en esta historia se revela como un ser sobrenatural, conectado con el bosque, y de buen corazón, pues intenta ayudar en lo que puede al protagonista, aunque a cambio de que no le moleste.
Por otro lado, en este cuento también se habla de vender leña en el zoco, de la habilidad para moler al estilo tradicional, del tajín con sus ingredientes y del mekkeb, que no es más que una cubierta de esparto, con forma de cono, con la que se cubren los platos y las bandejas.
También aparece un gato negro, que el leñador no tiene problema en introducir en su casa, y la melah o el barrio judío, donde se comercia con piedras preciosas. Y, por último, también se hace alusión al término zeerwata, referido a un garrote rematado con pinchos.
El cuento del leñador y el afrit del bosque, como otras muchas historias, es narrado por Zahra, antigua esclava del sultán Muley Hasán, quien nunca rechazaba una buena historia. Transmitido por vía oral, pertenece a la categoría de “cuentos maravillosos”, lo que se demuestra en la presencia del afrit o duende del bosque, coprotagonista de la historia junto con el leñador, cuyo máximo deseo en esta historia es poder alimentar a su familia.







