La mujer del sultán y la diadema
El cuento de La mujer del sultán y la diadema es un claro ejemplo de las leyendas hagiográficas que se han narrado en Marruecos desde tiempos inmemoriales por medio de la tradición oral. Los protagonistas eran hombres y mujeres ejemplares. Este relato era una de las historias que contaba Lala Urqiya, una cuentera muy conocida por su memoria prodigiosa y el misterio en el que envolvía cada narración. La combinación perfecta para elevar el puro entretenimiento a la categoría de arte.
Con prodigiosos cambios de guion en la historia, que causaban una gran sorpresa entre las personas que escuchaban el cuento, las leyendas hagiográficas servían para entretener, pero también para aprender lecciones de moralidad. De esta manera se utilizaba el relato para resaltar valores fundamentales en los palacios, muchas veces ajenos a la realidad de la población.
La mujer del sultán
Había una vez un sultán colmado de riquezas, que estaba rodeado de las mujeres más bellas de su reino. Entre todas ellas tenía una a la que prefería por encima de las demás, a la que colmaba de atenciones y de regalos.
El sultán mandó hacer para ella una diadema maravillosa, trabajada en oro y con piedras preciosas engastadas. Una joya especialmente valiosa, que ella se colocaba siempre que recibía visitas y que se convirtió en signo visible de su posición en el palacio.
Un día, la favorita del sultán escuchó a un pobre que pedía limosna. Compungida por la situación del hombre, no tenía a mano otra cosa que ofrecerle más que su diadema. Sin dudarlo, la envolvió en un pañuelo y se la hizo llegar.
El mendigo era un antiguo comerciante que se había arruinado y que ahora vivía a base de limosnas. Cuando recibe la diadema, la guarda con cuidado tras arrancarle un rubí. Lo vende y con el dinero conseguido monta un pequeño comercio en el zoco. Día tras día, ese pequeño negocio prospera, hasta que vuelve a convertirse en uno de los comerciantes más importantes de la ciudad, hasta el punto de poseer varias tiendas, fondas, casas, animales, huertos y campos.
Mientras tanto, en palacio, un día el sultán llama a su esposa favorita para que lo acompañe. Ella acude, hermosamente ataviada, pero él se da cuenta enseguida de que no lleva la diadema. Le pregunta dónde está y por qué no se la ha puesto. Ella le responde que ya no la tiene porque se la ha dado a un hombre que mendigaba en nombre del Enviado de Alá.
El sultán, encolerizado, no quiere escuchar nada más y ordena que a la mujer le corten las dos manos. Después, le arranca sus suntuosos vestidos y le pone henna azul de esclava en la cabeza y en los hombros, expulsándola del palacio. La mujer, pasando de la riqueza a la miseria en un instante, comienza a vivir de la limosna.
Un nuevo destino
Un día, cuando la antigua favorita del sultán recoge comida de la basura, el rico comerciante al que había ayudado tiempo atrás la sorprende a la puerta de su fonda, aunque no la reconoce. Le dice que entre en su casa a comer y ella le responde que no puede por decoro. Entonces, el comerciante le propone matrimonio y ella acepta.
Le conduce hasta su casa y pide a sus mujeres que al día siguiente la lleven al hammam y le apliquen henna en las manos. La mujer, sin embargo, mantiene los brazos escondidos bajo los harapos. Cuando se queda sola, se pone a llorar preguntándose si al día siguiente, cuando se vean sus muñones, ese hombre seguirá queriéndola. Finalmente, se duerme intranquila, pensando en su desdichado futuro.
Durante su sueño, el Profeta de Alá la visita, acaricia sus manos como si aún las tuviera y luego desaparece. Al despertar, cree haber soñado, pero enseguida se da cuenta de que sus manos han vuelto a crecer. Entonces va a los baños, se casa y comienza una vida plena y feliz.
Un día, un mendigo pasa cerca de su hogar pidiendo un poco de pan. Su marido se levanta, abre el cofre donde guarda sus riquezas, saca la diadema y se la entrega a su mujer. Le dice que se la dé a el mendigo, porque ha recordado que esa diadema se la entregó en su día una bella mujer en un momento en el que era pobre y desdichado.
Ella se da cuenta, entonces, de que el hombre al que un día entregó la joya es hoy su marido, y decide contarle que, antes de ser su esposa, era la mujer del sultán. Le explica que, por haberle regalado la diadema como acto de caridad, el sultán ordenó que le cortaran las dos manos y la echó a la calle. También le cuenta que, debido a su situación, se vio obligada a mendigar, pero que un día antes de casarse con él sus manos volvieron a crecer gracias a la generosidad del Enviado de Alá.
El hombre reconoce que él era el pobre al que hace alusión su mujer, y le cuenta que de la diadema solo tomó un rubí, que vendió, y eso le permitió hacerse rico de nuevo. Y de nuevo le insiste en que entregue la joya al pobre que pide en su puerta, para ver si él tiene la misma suerte.
Ella envuelve la diadema en un pañuelo y se la da al mendigo. Pero éste la rechaza, diciendo que prefiere pan para comer, pues tiene hambre. Entonces la mujer le dice a su marido que lo haga entrar y le dé de comer. Mientras está sentado, la mujer mira por la puerta entreabierta y reconoce en él al sultán, su antiguo marido.
Llama a su esposo y le cuenta lo que ha descubierto. Cuando sirven el té, el marido llama a su mujer y le ofrece al sultán que se siente a tomar un vaso de té con ellos. Cuando el sultán ve a la mujer descubre que se parece a la que un día fue su favorita, pero se extraña de que ella tenga manos después de que él se las hubiera mandado cortar.
El comerciante rico le cuenta entonces toda la historia de la diadema y pregunta a su mujer si quiere estar con el sultán, ahora que vuelve a ser rico. Pero ella lo rechaza afirmando que ahora es su esposa. El sultán se lleva su diadema, a la que solo le falta un rubí, y el matrimonio le recomienda que siga el camino de Alá, para después continuar viviendo juntos y llenos de felicidad.
Elementos de la cultura marroquí
Más allá de su dimensión moral, la historia de La mujer del sultán y la diadema está repleta de elementos profundamente enraizados en la cultura marroquí. El primero de ellos es la figura del sultán, no solo como gobernante político, sino como encarnación de un poder absoluto que administra justicia y castigo. El harén, la esposa favorita, la riqueza ostentosa y la joya como símbolo de estatus sitúan el relato en un universo cortesano, donde el prestigio se expresa tanto en bienes materiales como en los gestos de autoridad.
La presencia constante de la caridad ocupa un lugar central en la historia y remite a la limosna al necesitado como uno de los pilares éticos del islam. Asimismo, el hecho de dar y recibir estructura buena parte del relato, demostrando que la riqueza va y viene en la vida de un hombre.
También aparecen algunos espacios sociales de la vida cotidiana, como el zoco, la fonda, el hammam o la casa familiar. El zoco es el corazón económico y social de la ciudady, por lo tanto, el lugar donde un hombre arruinado puede rehacerse y volver a ocupar un lugar privilegiado en la comunidad. El hammam, por su parte, no funciona únicamente como un espacio orientado a la higiene, sino como un lugar de transición, donde una mujer puede dejar atrás la miseria, recuperar su dignidad y prepararse para una nueva vida.
En este sentido, la aplicación de la henna, convertida en ritual, refuerza la idea de paso de un estado a otro. Este elemento primero aparece como marca de humillación, impuesta por el sultán a modo de castigo, pero posteriormente se anuncia asociado a la boda. Ese contraste muestra cómo los mismos símbolos pueden invertir su sentido según el contexto, como suele ocurrir en la tradición oral marroquí, donde aspectos como la vestimenta o los adornos hablan tanto de la posición social como del destino de los personajes.
Por último, el relato hace alusión a elementos religiosos. El Enviado de Alá, la aparición milagrosa durante el sueño y la idea de que el camino correcto es seguir a Alá advierten de que la justicia es, en último término, divina.
En La mujer del sultán y la diadema, contada por la famosa cuentera Lala Urqiya, se dan cita aspectos como el poder y la pobreza, la riqueza y la caridad, y el castigo y la misericordia. A través de figuras como el sultán, el mercader, el mendigo o la esposa injustamente castigada, y de espacios cotidianos como el zoco, el hammam o la casa familiar, el cuento muestra una forma de entender el mundo en el que lo material está unido a lo espiritual, y en la que los gestos humanos, por pequeños que parezcan, pueden tener consecuencias en las vidas de las personas. Como moraleja, el cuento alude a que, si los actos están llenos de bondad, la vida te devuelve felicidad con creces.







