El ladrón y la víbora, un cuento marroquí sobre la lealtad
Algunos cuentos marroquíes tienen a animales como protagonistas. Al igual que ocurre en las fábulas tradicionales occidentales, a los animales se les atribuyen cualidades humanas y tienen una doble misión. Por un lado, llamar la atención de la persona que está escuchando el cuento, ya que se suelen transmitir por tradición oral. Y, por otro, representar a los seres humanos, extrapolando sus virtudes y defectos.
La víbora, tanto en Marruecos como en el resto de los países del Magreb, es uno de los animales que despierta las más intensas emociones, entre ellas el temor. Su simbolismo en Occidente también es esencialmente negativo, por su papel protagonista en la transmisión del pecado original y como representación del demonio.
Curiosamente, en el cuento de “El ladrón y la víbora”, el papel de la serpiente sirve para transmitir un valor positivo, como es el de la lealtad. Acostumbrados a su presencia a través de los encantadores de serpientes que se dan cita en lugares como la plaza de Jemma El Fna, en Marrakech, esta leyenda es peculiar porque el animal no solo se asocia al temor, sino también a la lealtad.
El ladrón y la víbora
Había una vez un hombre cuya profesión era la de ladrón. Muy inteligente y hábil en sus robos, estaba harto de realizar pequeños hurtos que no le aportaban beneficios, por lo que decide robar el tesoro al sultán.
Con este objetivo, acude a Dar el-Majzen y pronto descubre dónde guarda sus tesoros el sultán. Al ser imposible portar tantas piedras preciosas y piezas de oro, decide llevarse solo la mitad, escondiendo su botín en casa de un amigo, a quien le cuenta su decisión de irse del país durante un tiempo, hasta que se calmen las aguas y se olvide el robo.
En su huida, oye una voz que le llama desde el fondo de un profundo silo. Es una serpiente, que le pide ayuda para poder salir al exterior. Aunque en un primer momento desconfía, agarra su chilaba de un extremo y lanza a la serpiente el otro, y así la saca del agujero en el que se había caído. Agradecida por haberla salvado, la víbora comenta al ladrón que, si alguna vez está en peligro, con solo llamarla ella acudirá en su ayuda.
Tras mucho tiempo viajando, el ladrón decide volver a su país, pero los guardias, que aún no han olvidado el robo, le detienen y lo conducen ante el sultán. Tras sentenciar azotes como castigo, ordena encarcelarlo y ejecutarle al día siguiente cortando su cabeza.
La serpiente cumple su promesa
En su celda, el ladrón invoca a la víbora, llamándola tres veces por su nombre. La serpiente, como había prometido, llega a su encuentro y se informa de la situación. Entonces establecen un plan: la víbora irá a las dependencias del sultán y se enrollará a su cuerpo para ofrecer al ladrón la oportunidad de liberarlo y así salvarse de una muerte segura.
Con el beneplácito del ladrón, la víbora se dirige a la cama del sultán y se enrolla en su cuerpo. La mujer del sultán da la voz de socorro y los visires doctos en la ley islámica ordenan a los pregoneros que comuniquen que todos los encantadores de la ciudad deben acudir raudos al palacio para liberar al sultán.
Durante cuatro días, la serpiente va ahogando cada vez más al sultán y a pesar de que los encantadores de serpientes cantan con sus panderos para lanzar encantamientos a la víbora, ninguno consigue que la serpiente suelte su presa. Es más, cuando la víbora les silva en la cara, salen huyendo despavoridos.
Un final feliz
Al cuarto día, un carcelero le cuenta al ladrón la situación que ha provocado un retraso en su ejecución. El ladrón se ofrece voluntario para liberar al sultán y éste acepta, prometiendo al preso que si consigue deshacerse de la serpiente le perdonará la vida.
El ladrón pide un bendir y, tras cantar a la serpiente, ésta suelta al sultán y se enrolla mansamente en sus piernas. El sultán pide que se mate a la víbora, pero el ladrón le convence de que es mejor devolverla al campo.
El sultán, feliz con su liberación, perdona al ladrón la pena de muerte, le concede a su hija en matrimonio y lo nombra ministro de finanzas. Además, obliga al resto de súbditos a entregar una ofrenda a su ministro, que se hace rico y no tiene necesidad de robar más. Al contrario, el acontecimiento con la serpiente supone un punto de inflexión en su vida, y desde entonces, y hasta su propia muerte, nunca deja de ser un hombre honrado, el más íntegro de los ministros de finanzas que haya tenido el reino.
Contextualización del cuento
El cuento de “El ladrón y la víbora” establece algunos elementos propios de los cuentos marroquíes. En primer lugar, el uso de los animales que, al igual que en las fábulas, cuentan una historia que termina con moraleja. En este caso, la oportunidad que tiene cualquier persona de cambio y de redimirse de sus errores.
Además, el cuento resalta una de las virtudes más destacadas del hombre, la lealtad, que en este caso encarna la víbora, que cumple su promesa de ayudar al ladrón como él anteriormente hizo con ella.
Otros elementos, como la chilaba, el bendir con el que el ladrón trata de someter a la víbora, el hecho de que el sultán ofrezca la mano de su hija, o la llamada a los encantadores de serpientes del lugar son elementos propios de la cultura magrebí, que no aparecerían en los cuentos occidentales.
Por último, cabe destacar que el cuento de “El ladrón y la víbora” se desarrolla en el Dar el-Majzen, o residencia oficial del sultán. El cuento, a la usanza de las fábulas occidentales, fue contado por Si el-hasén, el almuecín de Sidi Abd-el-Aziz y, como tantos cuentos marroquíes, probablemente transmitido por los cuentacuentos de generación a generación.







