Imane Djamil, fotógrafa marroquí entre lo real y el ensueño
La primera vez que la fotógrafa marroquí Imane Djamil tomó una cámara con la intención de plasmar el mundo que la rodeaba fue con cinco años. Fue una fotografía de su madre en Marrakech. Sin posar. Inesperada. Como preludio de las miles de imágenes que vendrían después y que le dieron fama internacional. Entonces, Djamil no era consciente de que iba a hacer de la fotografía su profesión, pero al apretar el disparador algo hizo clic en su interior.
Experimentando la fotografía
A medida que fue creciendo, la curiosidad de Imane Djamil se fue alimentándose con blogs de fotografía, revistas técnicas o foros en los que se hablaba de técnicas fotográficas. Imane pudo comprarse una cámara profesional propia con 14 años y desde entonces puso todas sus energías en escribir a fotógrafos profesionales, a quienes pedía consejos y feedback sobre sus fotos.
A medida que fue creciendo descubrió que podía hablar de su realidad a través de una cámara. Y no solo retratarla como es, sino experimentar con un mundo a medio camino entre la cotidianidad y la fantasía, de manera que se pudiera contar una historia difuminando sus contornos, pero apuntando sin remedio a la conciencia del espectador.
Sorprendida cómo el uso de ciertos ángulos y colores le permitía visualizar ideas, y jugando con la lectura entre líneas en lugar de usar un enfoque directo, Imane comprendió que podía transmitir historias a través de una estética singular, lo que le permitió seguir experimentando. Su fotografía no volvió a ser nunca la representación simple de la realidad.

De Casablanca a Tarfaya
Aunque Imane nació en Casablanca, siempre ha llevado a Tarfaya en el corazón. Hasta esta pequeña localidad costera de 7.000 habitantes llegó en un viaje de autoconocimiento,con tan solo 16 años, para descubrir en sus gentes y sus paisajes su fuente de inspiración.
En su trabajo “80 Miles to Atlantis”, Djamil habla de las vidas de los jóvenes de esta ciudad casi en ruinas, localizada en el Atlántico y limitada por el río Draa al sur y el desierto del Sáhara al norte. A través de su fotografía retrató cómo la localidad se hundía en el horizonte del Atlántico, enterrando su pasado como enclave comercial inglés en el siglo XIX, del que aún es testigo una fantasmagórica construcción conocida como la Casa del Mar, que emerge en las aguas que van ganando terreno a la tierra.

Escenarios en ruinas
En esta localidad Antoine de Saint Exupéry, el autor de El Principito, vivió durante 18 meses como responsable del transporte aéreo de la Compagnie Générale Aéropostale, que cubría la ruta comercial entre Saint Louis (Senegal) y Toulouse (Francia). Es probable que estos paisajes tuvieran un impacto en su inspiración a la hora de escribir su famosa obra, de igual manera que enamoraron a Djamil, que no desaprovechó la oportunidad de hablar con sus imágenes sobre los despojos arquitectónicos del pasado colonial y el paisaje vacío que termina imponiéndose según avanza el tiempo, mientras la población sigue con su vida, imperturbable al paso del tiempo.
En este trabajo, la fotógrafa muestra una piscina vacía rodeada por jóvenes que aún no se han percatado de ello. Un viejo teatro bajo un techo inexistente y un suelo lleno de escombros, testigo de una época ya pasada. En unas ruinas alguien sopla las velas de su 27 cumpleaños, y en un patio se reproducen los mismos juegos una y otra vez. Y en medio de todo ello, la mirada de esta fotógrafa, que se mueve entre la realidad y el ensueño, en lo que ella denomina “geografías mentales”, un lugar a medio camino entre la fotografía documental y la artística.

Una trayectoria imparable
A sus 29 años, Djamil ha tenido una trayectoria imparable, siempre documentado tiempo y espacio a través de su mirada crítica. Su trabajo se ha expuesto no solo en Europa y Marruecos, sino también en lugares como la Bienal de Bamako (Mali) y en la de Sharkah (Emiratos Árabes). Con solo 18 años fue la expositora más joven con su serie “Printemps Barbare” en Le Maroc Contemporain, una exposición que permaneció cinco meses en el Instituto del Mundo Árabe de París.
Tras varias estancias en diferentes países, en 2021 recibió el premio Nuevas Narrativas en Fotografía Ambiental de la revista Fisheye y festival de fotografía La Gacilly por su serie “80 Miles to Atlantis”. Después llegaría “Días lentos en la Isla Afortunada”, una serie de fotografías que narran la relación entre Fuerteventura y Tarfaya, y cómo en la localidad marroquí los jóvenes que practican el surf sueñan con un futuro en Europa como deportistas de élite o como emprendedores en negocios relacionados con surfear las olas. Es el caso de Ares, uno de los protagonistas de estas fotografías, tomadas entre 2021 y 2024, quien tras pasarse la vida admirando a los jóvenes surferos de su pueblo marchó a Fuerteventura para probar suerte sin encontrarla.

Luchando frente a estereotipos
Cuenta la artista que la fotografía, que en un primer momento constituyó una manera creativa y espontanea de expresarse, terminó transformándose en un arma con la que luchar contra los estereotipos de su país. El resultado son unas fotografías de bordes difuminados, como se entremezclan las diferencias entre las dos localidades, marroquíes y española, físicamente parecidas. “Dos lugares en donde no pasa nada, las cosas van lentas y la gente, prácticamente, lo único que hace es esperar”, señala Djamil.
La fotógrafa reconoce que sus propias emociones siempre han estado presentes en sus proyectos, formando parte de ellos y dándoles forma, en un arte como la fotografía, que aporta la oportunidad única de cambiar la narrativa. Es precisamente su forma de intentar cambiar los acontecimientos desde dentro lo que ha llevado a la artista a ser cofundadora del colectivo KOX y Cantará, un programa de emprendimiento cultural en Tarfaya.
El estilo de docudrama le sirve a Imane para expresar mejor la realidad que observa a través de la lente de su cámara. Es la mejor manera que ha encontrado de abordar injusticias y problemas sociales en fotografías que, lejos de tener un realismo descarnado, tienden a encerrar metáforas.
Hoy, Djamil está envuelta en proyectos que no dejan de ser documentales inmersivos a largo plazo, combinados con su propia visión artística y creativa. “Para mí, la fantasía es un arma contra la representación visual estereotipada”. Su objetivo en los próximos años es seguir descubriendo historias del Sáhara, plasmando cómo los jóvenes sobreviven poniendo en marcha proyectos innovadores que configuran la identidad de la región. Proyectos que sacan a la luz la idiosincrasia de la población local, bajo el deber de contar historias, que es, según la artista, la misión última de los fotógrafos africanos.
Y mientras el mundo se rinde a sus fotografías, Imane Djamil sigue aplicando su mirada de límites difusos a la cotidianidad a través de su lente. Comparando localidades de Canarias y Marruecos para contar que los paisajes a veces se parecen y las historias se entrelazan entre los límites confusos de la realidad y el ensueño.







