La hija del rey y el tiñoso: un cuento con final ¿feliz?
La historia de la hija del rey y del tiñoso es un cuento marroquí que ha llegado a nuestros días a través de la tradición oral, gracias a las cuenteras que se trasladaban a la corte del sultán para entretenerle.
Pertenece a la categoría de los llamados “cuentos maravillosos” y surge con el objetivo de atrapar la atención del espectador a través de una historia bien narrada, con protagonistas muy bien definidos y propios del lugar, y un argumento lleno de intrigas, con un desenlace inesperado.
La historia de la hija del rey y del tiñoso
Había una vez un comerciante muy rico que tenía tres hijos, uno de los cuales padecía de tiña. En el momento de su muerte repartió sus riquezas entre ellos, excepto un palacete aislado, situado al fondo de su jardín, sobre el que dio órdenes de que nunca jamás fuera abierto.
Los dos hijos del comerciante no tiñosos siguieron con sus negocios, viendo como su fortuna crecía día tras día. Pero el tiñoso era jugador y bebedor, y despilfarró buena parte de su fortuna, hasta que solo le quedaron algunas muzunas en el bolsillo.
Como sus hermanos no le quisieron prestar dinero, el tiñoso comenzó a preguntarse hacia dónde le llevarían los designios de Alá, cuando de repente se acordó del palacio que su padre había prohibido abrir. Con sus últimas muzunas pagó a un cerrajero para que le fabricara una llave con la que poder abrir el palacio, pero una vez abierta la puerta entró en él y lo encontró vacío. Lo único que pudo vislumbrar fue, en el suelo, tres objetos sin aparente valor: una chechia, una piel de cordero y una pipa de kif.
Objetos encantados
Sentándose sobre la piel de cordero y una vez se colocó la chechia, se dispuso a fumar, descubriendo que la pipa de kif estaba encantada. Con cada bocanada surgía un pequeño lingote de oro, mientras que la chechia tenía el poder de hacer invisible a quien la portara. En cuanto a la piel de cordero, transportaba a voluntad al que se sentara encima.
Feliz con sus descubrimientos, el tiñoso se puso en camino con el objetivo de conquistar a la hija del sultán y casarse con ella. Haciéndose invisible llegó hasta el palacio Dar el-Majzen sin que los eunucos pudieran verle. Una vez dentro del palacio, se encontró a la hija del sultán, tendida sobre ricas sedas.
El tiñoso se quitó la chechia y, haciéndose visible, le pidió matrimonio. La muchacha comenzó a lanzar gritos de terror, llamando a sus mujeres y a su eunuco, y las gentes de palacio atraparon al intruso, lo molieron a palos y lo echaron a la calle.
Engaño tras engaño
El tiñoso, magullado, juró vengarse. Cuando llegó a su casa se sentó sobre la piel de cordero y la alfombra lo transportó frente a la muchacha, que le dijo: “Préstame esa cosa sobre la que estás sentado y te prometo que me casaré contigo”. El tiñoso, confiado, obedeció en el acto y le entregó la alfombra. Sin embargo, volvió a gritar y las esclavas llegaron corriendo y apalearon al hombre, que se encontró de nuevo en la calle.
Una vez llegó a su casa cogió la pipa de kif y con ella comenzó a dar vueltas alrededor del palacio del rey, situándose a fumar donde la princesa podía verle. Cuando la hija del rey vio que de cada bocanada salía un lingote de oro, llamó al tiñoso para pedirle que le prestara su pipa, prometiendo casarse con él esa misma noche. Como el hombre estaba cada vez más enamorado, cedió. Y la joven mandó a una vieja alcahueta, quien llegó hasta él para conducirle hasta su presencia a través de un pasadizo secreto.
Al entregar la pipa, por su mirada maligna, comprobó que le había engañado una vez más. Esta vez los eunucos le golpearon aún más fuerte, animados por la princesa, que incluso contaba los golpes. Después, le sacaron de palacio, más muerto que vivo, y lo tiraron sobre un montón de basura.
Resignación y nueva oportunidad
El hombre se resignó diciendo “un tiñoso es un tiñoso y la hija del rey no es para él”. Como pudo se levantó y comenzó a caminar, con la intención de irse del país. Pero en el camino vio unas magníficas higueras cargadas de higos maduros, aunque no era temporada. El tiñoso cogió dos higos negros y se los comió con glotonería, pero cuando estaba dando el último bocado comprobó cómo le crecían dos enormes cuernos en la cabeza. Harto de sus desdichas, el hombre cogió después dos higos verdales y los devoró, sintiendo al instante que su frente se alisaba, ya sin cuernos. Y exclamó: “¡Ahora sé que me casaré con la hija del rey!”.
Recolectó cuatro higos negros y otros cuatro verdales, y presentó los negros en una bandeja, escondiendo cuidadosamente los otros. Entonces puso rumbo al palacio y se sentó fingiendo indiferencia frente a las ventanas de la princesa, quien cuando vio los higos negros sintió un antojo. Se presentó ante su padre y le dijo que quería los higos que tenía un hombre sentado frente a su ventana. Entonces el rey mandó a un esclavo para que se hiciera con ellos.
Cuando el rey vio los higos tuvo el mismo deseo que su hija, y los dos se pusieron a comerlos, pero inmediatamente empezaron a brotar cuernos de su cabeza, lo que hizo que se encerraran en sus aposentos lanzando gritos de terror y sin querer ver a nadie, llorando su desdichada suerte.
Fin del problema
El gran visir, cuando vio lo que había sucedido, mandó buscar a los médicos más sabios para que curaran al rey, pero ninguno lo consiguió. La desolación reinaba en palacio. Entonces el tiñoso, que aún conservaba algún lingote de oro, fue a los baños, se visitó de médico extranjero y volvió a palacio explicando que él podía curar al rey. El monarca le juró que, si le curaba, le daría la mitad de su reino y a su hija en matrimonio.
El tiñoso le hizo comer al sultán dos higos verdales. El rey obedeció y, como por encantamiento, los cuernos desaparecieron. Entonces le condujo ante su hija y el tiñoso se encerró con ella en sus aposentos. Cuando estuvieron solos el hombre le ordenó que le devolviera su chechia, su piel de cordero y su pipa de kif. La princesa le devolvió los objetos que le pedía y el hombre le dio los higos verdales, de manera que al comerlos sus cuernos desaparecieron y ella volvió a ser la bella princesa digna del más grande de los reyes.
La joven, sumisa, fue fiel a la palabra de su padre y se casó con el tiñoso con una gran ceremonia. El rey le concedió la mitad de su reino, como había prometido. Y así el tiñoso fue el más dichoso de los tres hijos del comerciante, rico y casado con la más bella princesa, con quien permaneció hasta el fin de sus días.
Un cuento anclado en Marruecos
La historia de la hija del rey y del tiñoso está llena de guiños locales, en un intento de ambientar la historia en el lugar donde transcurre. Así, el protagonista del cuento es un hombre tiñoso, una afección con un importante estigma social y muy común en la época.
Se citan también las muzunas, que son monedas, y la chechia, que es un gorro tradicional, en forma de cono doblado, que a veces se acompañaba con una pequeña borla de flecos. También es llamativa la piel del cordero a modo de alfombra voladora, tan común en los cuentos orientales, y la pipa de kif, que aparece ligada a la vida disipada que llevaba el hombre, dedicado a sus vicios en contraposición a sus hermanos, centrados en sus negocios.
Por otro lado, es muy habitual en los cuentos marroquíes la figura del rey o sultán, la princesa, los eunucos y las esclavas, y también la del visir, que intenta solucionar los problemas del palacio cuando surgen. Además, la historia aparece salpicada de objetos tradicionales de Marruecos, como las ricas sedas en los palacios, los baños públicos y las higueras.
Solicitar la mano de la hija del rey, y los reinos que se reparten, así como los matrimonios otorgados por promesas, también suelen aparecer en las historias del género de los “cuentos maravillosos”, ya que eran elementos que lograban captar la atención del público y divertían a los sultanes. En esta ocasión el cuento es contado por Zahra, esclava del sultán Muley Hasán, quien sentía debilidad por las historias bien narradas.
Cada noche, Muley Hasán reunía a sus favoritas y sus esclavas en el palacio del Aguedal de Marrakech y, tumbado sobre ricas alfombras, y rodeado de sus mujeres, escuchaba a sus cuenteras favoritas, entre ellas Zahra, quien tenía un repertorio inmenso y una habilidad especial para levantar la admiración de sus oyentes.







