Historia de las cien cabezas cortadas y una más
La Historia de las cien cabezas cortadas y una más pertenece al género de los cuentos maravillosos, uno de los preferidos por los cuentacuentos de Marruecos y su audiencia. Son relatos situados en un tiempo impreciso, donde lo extraordinario se acepta como parte del relato y en los que los protagonistas se enfrentan a retos que ponen a prueba su valor, su ingenio o su destino.
Estos cuentos, transmitidos a través de la tradición oral, no solo buscan entretener, sino también transmitir enseñanzas y reflejar valores culturales profundamente arraigados en la cultura marroquí. Los cuentacuentos los recrean con su propia voz, adaptándolos al momento exacto y al público que los escucha, de manera que nunca se cuentan exactamente igual. Así, historias como esta han perdurado en el tiempo, pasando de generación en generación y manteniendo viva una forma de narrar en la que la palabra hablada es el verdadero hilo conductor de la memoria colectiva.
La hija del sultán
Érase una vez un sultán que tenía una hija única a la que amaba más que a nada en el mundo y a la que consentía todos sus caprichos. Un día, la joven fue a ver a su padre y le dijo que se aburría en el palacio, entre sus mujeres y sus esclavas, por lo que le pidió permiso para pasear por el reino a caballo con cuarenta compañeras, todas vírgenes como ella y que supieran montar. El sultán, que jamás encontraba ridículas las peticiones de su hija, pidió a todas las tribus que cada una le proporcionara una virgen montada a caballo. En poco tiempo, las cuarenta jóvenes fueron conducidas al Dar el-Majzen por los ancianos de cada tribu, que no se atrevieron a preguntar para qué las quería, pues estaban acostumbrados a obedecer hasta sus más mínimos deseos.
El sultán mandó llamar a su hija y le presentó a sus cuarenta compañeras. La joven, saltando sobre su caballo, partió al galope y las cuarenta vírgenes la siguieron. Durante varios días las jóvenes recorrieron las llanuras, cruzando ríos y bosques, y cuando la hija del sultán se hubo divertido lo suficiente, todas regresaron al palacio. Entonces, los ancianos de las tribus se presentaron humildemente ante el sultán y le explicaron que no podían dejar a las cuarenta vírgenes recorriendo los campos con su hija cuando fuera su capricho, pues su virginidad corría peligro. El sultán, mesándose la barba, consintió en devolverles a las jóvenes.
Después llamó a su hija y le dijo que había devuelto a sus compañeras y le anunció que había decidido casarla. Pero la muchacha, que no deseaba todavía el matrimonio, respondió que solo se casaría con aquel que la venciera en la lucha. El padre, como siempre, accedió a sus exigencias, e hizo publicar en todos sus estados que daría a su hija en matrimonio al joven que la venciera en combate, y que ese joven, además, sería su sucesor en el trono. En todas las tribus, los jóvenes valerosos, al escuchar al pregonero, se propusieron ser el marido de la hija del sultán y heredar el trono.
Luchando contra intrépidos guerreros
El primero que se presentó en la explanada fue un joven caballero sobre un corcel de guerra. Con el sable en la mano, anunció que venía a conquistar a la hija del sultán. Ella avanzó montada en su caballo y comenzó la lucha. La muchacha fue más valiente y derribó al caballero. Con su alfanje, le cortó la cabeza, que después se colgó en las puertas del palacio.
El miedo no detuvo a los otros caballeros que llegaron posteriormente para probar suerte en el combate. Sin embargo, la victoria fue siempre para la valiente joven, y pronto hubo cien cabezas cortadas, colgadas a las puertas del palacio como testimonio de su valor.
La noche del centésimo combate, un pastor tiñoso y deforme regresó a su aldea con semblante serio. Su madre, al verlo así, le preguntó qué le pasaba, y él le contó la historia de la centésima cabeza. La madre le respondió que eso era asunto de nobles. Pero el pastor le confesó que él también estaba empeñado en convertirse en el yerno del sultán.
La madre lo vio coger una vieja yegua de la cuadra, plegar su burnús en cuatro y colocarlo sobre el lomo del animal a modo de silla, para después partir a la conquista de la hija del sultán. Lo siguió de lejos hasta la explanada donde se disputaban los combates y vio a su hijo pelear con la valiente virgen y caer, como lo hicieron los cien hermosos jóvenes que corrieron la misma suerte antes que él. Su cabeza se convirtió así en la ciento una.
La batalla final
Entonces la anciana avanzó gritando sus yuyús hacia la hija del sultán y le pidió que le devolviera la cabeza de su hijo para poder hacerle los funerales. La muchacha consintió, y la anciana se llevó los restos mortales del campesino, cargando el cuerpo sobre sus hombros y la cabeza envuelta en su velo.
Llena de rencor, recorrió con su fardo todos los rincones del reino buscando a un hombre valiente que venciera a esa cruel joven que había matado a todos sus pretendientes, pero en todos los lugares le respondieron que el más valiente ya había ido a luchar contra ella y había sufrido la misma suerte que todos ellos. Finalmente, un anciano le dijo que fuera a una fuente cercana con su fardo, porque allí acudía todos los días un valiente joven para dar de beber a su caballo.
La vieja hizo lo que le dijeron y pronto llegó un apuesto joven, hermoso como la luna. La vieja se echó a sus pies, le pidió ayuda y colocó ante él la cabeza de su hijo, contándole toda la historia. Entonces el joven montó de nuevo en su caballo, se dirigió a su padre, le relató lo sucedido y anunció que partiría a retar a la hija del sultán en combate para vengar a los ciento uno que ella había matado y cuyas cabezas colgaban a las puertas del palacio.
El anciano padre no se opuso, pero se montó en un fogoso corcel, se cubrió el rostro con un velo y, queriendo probar el valor del joven, se adelantó hasta el lugar de los combates y se presentó ante él como si fuera la hija del sultán. El combate se celebró y el joven resultó vencedor, pero cuando iba a cortar la cabeza de la vencida, el anciano descubrió su rostro y le dijo que solo había querido probar su valor. Y le animó a retar a la verdadera hija del sultán.
Llega el amor
En ese momento, la bella y orgullosa joven llegó con el alfanje en la mano, con su cabello al viento y feliz de poder combatir con un nuevo contrincante. Pero al cruzar su mirada con la del joven, ella quedó profundamente enamorada. Se echó a tierra ante él y le dijo que se rendía, y quería que él fuera su dueño y esposo. Ambos se declararon su amor, y la joven fue ante su padre para decirle que había sido vencida por el joven más hermoso y valiente, y que lo quería como marido.
Cuando el muchacho fue a buscar el premio de su victoria, el sultán no lo recibió y aplazó la audiencia para el día siguiente. En el fondo no quería casar a su hija, a pesar de sus promesas, y decidió hacerla pasar por una esclava que acababa de morir. Pero el joven no cayó en la trampa, de manera que por la noche fue a excavar la tumba y descubrió el engaño.
El guapo caballero no se dio por vencido. Se presentó ante el sultán en audiencia pública y pidió la mano de la joven. El sultán le dijo que su hija estaba muerta y enterrada, y que toda su casa estaba de luto, pero el joven le demostró que su hija estaba viva y que quien había muerto era solo una esclava. Ante su discurso, el sultán se vio obligado a consentir el matrimonio de los dos valientes, y las fiestas que se celebraron fueron las más bellas y suntuosas que se habían visto jamás en el reino. Y así, la joven valiente tuvo por marido a aquel que había sabido vencerla.
Una historia contextualizada
En el relato aparecen numerosos elementos que remiten de forma directa a la cultura marroquí y a su imaginario tradicional. El propio escenario, con el sultán, las tribus o el Dar el-Majzen, como se denomina al palacio del sultán, refleja una organización social y política característica.
En la historia, también destacan objetos y costumbres propias de la idiosincrasia marroquí, como el burnús, esa capa amplia con capucha que forma parte de la vestimenta tradicional del Magreb y que aquí se convierte en una silla improvisada para montar a caballo. Del mismo modo, en el cuento están presente los yuyús, un grito agudo emitido por las mujeres haciendo vibrar la lengua, que suele utilizarse para expresar emociones intensas, ya sea alegría o tristeza. Todo ello aporta una dimensión cultural muy reconocible para quienes escuchaban la historia.
Por último, no debe pasarse por alto la figura de Yema’a, la esclava de Dar el-Majzen que narra la historia, situándose como mediadora entre el relato en sí y quienes lo escuchan. Yema’a encarna esa habilidad de cuentacuentos que ha permitido que haya historias que perduren en el tiempo. A través de su voz, Yema’a adquiere el poder de dar vida al relato, dotándole de ritmo y emoción, y manteniendo viva la historia en la memoria colectiva generación tras generación.







