El cuento marroquí que narra la historia de Bartal y Yerada
El cuento marroquí “Historia de Bartal y de Yerada” pertenece al género de los cuentos maravillosos que se transmitían de forma oral, pasando de generación en generación, y que en ocasiones llegaban a los palacios y servían para entretener al sultán y su séquito.
La venganza, las inquinas y las traiciones eran muy bien acogidas por las personas que escuchaban atentamente al cuentero, que se encargaba de contar la historia de la manera más entretenida, mientras su público se mostraba deseoso de conocer el final del cuento.
Bartal y Yerada
Había una vez un hombre muy pobre que vivía con su mujer. Se llamaban Bertal y Yerada. Como no podían ganarse la vida en la ciudad donde vivían decidieron marcharse a la ciudad del sultán, donde Bartal comenzó a trabajar como adivino, leyendo el futuro en la paletilla de los corderos, mientras que Yerada fue contratada como lavandera en casa del sultán.
Un día desapareció un turbante y Yerada vio cómo se lo comía un ternero. El sultán se enfadó, pensando que alguien se lo había robado, pero Yerada le dijo que conocía un adivino que le diría inmediatamente su paradero.
La mujer informó en secreto a su marido lo que había ocurrido. Cuando el adivino llegó a Dar el-Majzen, donde vivía el sultán, informó que el turbante en realidad se lo había comido un ternero y le dijo cómo era el animal. El sultán mandó sacrificar al ternero que coincidía con la descripción y de su estómago, efectivamente, se sacó el turbante, lo que provocó la sorpresa del sultán, que entregó un buen puñado de oro al vidente.
El visir, celoso, comentó que no se fiaba del adivino, así que el sultán decidió probarlo de nuevo. Escondió bajo su manto dos animales —un gorrión y un saltamontes— y mandó llamar al vidente. Cuando le preguntó qué animales tenía ocultos, el vidente , muy nervioso, exclamó: “¿Qué preguntas? ¿Tú qué mandas sobre Bartal y Yerada?”
Lo que Bartal quería decir era: “¿Cómo voy a saber yo nada? ¡si ni siquiera tengo control sobre mi propia vida!”, una queja desesperada. Pero el sultán interpretó aquello de otra manera: creyó que el adivino estaba diciendo los nombres de los animales (“Bartal” y “Yerada”), convencido de que el vidente hablaba en clave. Impresionado por su supuesta habilidad, volvió a colmarlo de dinero.
Una vez más, el visir quiso poner a prueba al adivino y llenó tres tinajas con miel, mantequilla y alquitrán. Luego las enterró en una estancia, bajo una cúpula. El sultán llamó otra vez al adivino y le preguntó qué había oculto allí dentro. Bartal, recordando las tres veces que había sido convocado al palacio —la primera agradable, la segunda más tensa y la tercera francamente angustiosa— murmuró, refiriéndose a sus propias experiencias: “La primera fue miel, la segunda mantequilla, y esta tercera es puro alquitrán.” Es decir: la primera vez todo fue dulce, la segunda más pesada, y esta última, un desastre.
Pero el sultán entendió que Bartal estaba describiendo exactamente el contenido de las tinajas, creyó definitivamente en su don y lo colmó de regalos, entre ellos una casa, enviándole también todos los días la correspondiente muna.
Una sentencia clave
Bartal ya no vivía en paz, pensando que en cualquier momento el sultán le mandaría adivinar algo imposible. Por eso decidió con su mujer abandonar el país, no sin antes dejar una carta escrita al sultán con la siguiente frase: “El que trabaja con el Mazjen no debe hacer ni una acción ni sobrepasar sus consecuencias”. Al sultán le gustó tanto la sentencia que hizo que la copiaran con la más bella caligrafía, poniéndola encima de la puerta de sus aposentos, de modo que la viera al entrar y al salir de la estancia.
Una vez se fue el adivino, el visir, que solo pensaba en matar al sultán para ocupar su puesto, untó una navaja muy afilada con un veneno y convenció al barbero para que le afeitara con esa navaja nueva y no con las que tenía, ya gastadas. Sin embargo, el barbero leyó la sentencia de Bartal y decidió no hacer caso al visir, afeitando al sultán con sus navajas de siempre.
Cuando terminó, el sultán le preguntó por qué había utilizado navajas antiguas en vez de la nueva, y él le respondió que, después de leer la frase colocada sobre la puerta, había preferido actuar con prudencia y no emplear la navaja que el visir le había entregado. Entonces el sultán comprendió lo que tramaba su ayudante. Llamó a una esclava y le dijo que trajera un gato, pidiendo al barbero que le afeitara con la navaja nueva. El gato murió de inmediato y el sultán sentenció que el visir fuera afeitado con la misma navaja, por lo que terminó muriendo.
La hija de Bartal
En cuanto a Bartal y su mujer, una vez regresaron a su tierra se reencontraron con su hija, una muchacha de gran belleza. Un rico mercader la pidió en matrimonio y su padre aceptó mientras le pagara cien metqal por cada día que estuviera casado con ella.
El mercader firmó el acuerdo ante el cadí y le fue entregando las cien monedas diarias desde el día que se casaron. Pero un día el matrimonio decidió irse al reino del sultán para no seguir pagando más dinero. Una vez allí, el mercader, al no encontrar un puesto acorde a su prestigio, terminó trabajando como peón para el contramaestre del sultán.
Un día el sultán vio al peón trabajar y pensó que quizá tendría una bonita mujer. Entonces mandó a una nodriza vieja y experta que le siguiera y le trajera informes. Así lo hizo, y cuando el sultán supo de la existencia de la bella doncella se presentó en su casa. Pero la dama era virtuosa y supo defenderse, y el sultán supo que se había equivocado. Le hizo regalos a la mujer y regresó a su palacio, mandando un mensaje al peón para que acudiera a verle. Allí le llevó a una cámara donde se encontraba la más bella de sus concubinas y, aunque le dejó tiempo para cometiera una infidelidad, después se arrepintió y le contó la verdad. Le dijo que su mujer era la más virtuosa de las mujeres y le colmó de riquezas.
El peón y su mujer regresaron a su país. Cuando Bartal se encontró con su yerno le dijo que no era necesario que le siguiera pagando, pues el sultán le había hecho rico, y le confesó que el único objetivo que había perseguido con esta medida era que supiera apreciar a su hija, tanto en la riqueza como en la pobreza.
Poco después, Bertal y Yerada volvieron a visitar al sultán, quien le expresó a su vidente que a partir de ese momento sería su compañero de mesa y de placeres, pues debía su vida a la sentencia que para él escribió. Y Alá es más sabio.
La tradición marroquí
El cuento de Bartal y de Yerada incluye diversos componentes que solo pueden entenderse bajo la mirada de las costumbres típicamente marroquíes. En ella aparecen referencias como Dar al-Majzen, la residencia oficial del sultán, así como al oficio de barbero y al de vidente, éste último muy popular entre las personas más avispadas que veían en la adivinación del futuro una forma de ganarse la vida.
Se hace también referencia a la muna como sinónimo de sueldo o salario, así como a las esclavas negras y al metqal como equivalente a las monedas. El cadí y la nodriza son dos personajes más que aparecen en el cuento como parte del séquito del sultán.
Y, por último, el cuento termina con la frase “Y Alá es más sabio” a modo de final cerrado. Una frase que hace referencia a la religión y que, sin embargo, podría tener su equivalente en la cultura occidental con el tradicional “colorín, colorado, este cuento se ha acabado”.
El cuento marroquí de Bartal y Yerada, contado por Si el-Hasen, el almuecín de Sidi Abd-el-Aziz, era uno de los favoritos de palacio. Narra cómo un matrimonio pobre alcanza la fortuna en el reino del sultán gracias a una serie de malentendidos que convierten a Bartal en un supuesto adivino. Pese a los intentos del visir por desacreditarlo, una sentencia que Bartal deja antes de huir acaba salvando la vida del sultán. Años después, tras conocer a la hija de Bartal y reconocer su honradez, el sultán se reencuentra con Bartal y lo recompensa por la sabiduría de sus palabras, que habían protegido al soberano incluso en su ausencia.







