El hijo del vendedor de bandejas de cobre
Algunos cuentos populares marroquíes pertenecen al género de las leyendas hagiográficas. En muchas de ellas, como en ésta, aparece el santo patrón de Marrakech, Sidi Bel Abbes, que tiene el poder de proteger a sus fervorosos fieles.
Contadas en los palacios y en las calles de Marrakech mediante la tradición oral, estos cuentos tenían un gran éxito entre la población, que solía identificarse con sus protagonistas. Muchas de estas leyendas, además, estaban ambientadas en la sociedad marroquí de aquel entonces y contaban con un aire costumbrista que hoy nos sigue sorprendiendo. Eran, también, las preferidas en los palacios. Los sultanes y su séquito las escuchaban atentamente de boca de cherifas y cuenteros.
En este caso, la leyenda, que lleva por nombre “Historia del hijo del vendedor de bandejas, de la jariya del sultán y de Sidi Bel Abbes”, es contada por Lala Abbuch, una vieja mendiga ciega que se dice era especialista en contar leyendas y dejar a todo el mundo con la boca abierta por su extraordinaria habilidad a la hora de ambientar la historia.
El hijo del vendedor de bandejas
Había una vez un vendedor de bandejas de cobre que, al morir, dejó una gran fortuna a su hijo, pero éste la dilapidó con sus amigos, unos jóvenes compañeros de fiesta tan atolondrados como él.
Un día, en el que solo le quedaba la módica suma de diez metqals en el bolsillo, se dirigió en peregrinación a Sidi Bel Abbes y le dio al santo el único dinero que tenía como ofrenda. Después, como no tenía casa, se dirigió a la de su madre, que le reprochó que hubiera derrochado la fortuna que había heredado y lo echó a la calle, dándole un poco de calderilla para que pudiera sobrevivir.
En ese momento pasaba por allí un hombre que vendía un sable. El hijo del comerciante, con los últimos céntimos que le había dado su madre, lo compró, y decidió matar a un hombre ese mismo día para así ser encarcelado y tener al menos un sitio donde dormir.
La protección de Sidi Bel Abbes
Cruzó zocos y plazas públicas sin encontrar a nadie a quien matar, pues Sidi Bel Abbes lo protegía, apartando de su camino a todos los hombres a quien hubiera podido matar. De tanto caminar, el hijo del vendedor de bandejas llegó al palacio del sultán y cruzó toda la guardia de esclavos sin ser visto, pues el santo lo hacía invisible sin que él se diera cuenta.
Pasó por las cocinas y eligió los mejores trozos de los platos de tayín, y en eso estaba cuando oyó gritos ahogados de una habitación continua. Corrió hacia ella y vio a un esclavo que intentaba violar a una de las favoritas del sultán y, si pensarlo, el protegido de Sidi Bel Abbes le cortó la cabeza con su sable nuevo.
La favorita del sultán le dio las gracias y el hijo del comerciante le contó su historia. La muchacha le dijo que, en señal de agradecimiento por su gesto heroico, cada día le enviaría una muna (comida) con un paquete de cien metqals (monedas) escondidos debajo del mekebb (tapa) a modo de recompensa.
Desde entonces, una joven esclava salía todos los días del palacio discretamente, llevando en su cabeza una bandeja cargada de alimentos y con el dinero escondido para llevarla a casa del joven, que comenzó a vivir como un príncipe, bien vestido, bien alimentado y disfrutando de todos los placeres que deseaba.
En apuros por los viejos amigos
Como las idas y las venidas de la esclava eran públicas, la jariya del sultán, temiendo que sus acciones fueran mal interpretadas, decidió asegurar de por vida el destino de su salvador. Mandó que le prepararan un cordero asado suculento y, en vez de rellenarlo de cuscús con almendras y uvas pasas, lo llenó de lingotes de oro que cogió previamente de la cámara del tesoro.
Pero ese día, los antiguos amigos del hijo del comerciante andaban alrededor de su casa vigilándole, intrigados por saber cómo era posible que estuviera tan ricamente vestido y con los bolsillos llenos si no tenía ninguna ocupación que le reportara ese dinero.
Entonces pasó por allí la esclava, llevando sobre su cabeza el sabroso asado. Los amigos, aun desconociendo que llevaba dentro lingotes de oro, se presentaron como viejas amistades y le pidieron a la mujer que les diera parte del asado que olía tan bien. La mujer, contrariada, avisó al hijo del comerciante, pero olvidó advertirle que dentro del cordero había una fortuna. El joven, molesto con sus amigos, les dijo que les regalaba el asado porque no quería mezclarse con tan mala compañía, de manera que se retiró, dejándoles el suculento plato.
Los amigos lo devoraron con apetito, pero cuando fueron a abrir el vientre del animal en vez de encontrar el tradicional relleno de almendras descubrieron los lingotes de oro. Entonces se les ocurrió devolver el oro al sultán para que les recompensara con más riquezas.
Se dirigieron al palacio y solicitaron audiencia. Entonces le mostraron los lingotes de oro y le contaron la historia del cordero asado. El sultán entró en cólera y llamó a su ministro de finanzas, a quien le pidió explicaciones de cómo era posible que el oro hubiera salido de la cámara del tesoro y llegado al vientre del cordero. “Si esta noche no tengo explicación, tu cabeza será separada de tus hombros”, le dijo.
Un giro inesperado
El visir salió del palacio temblando y ordenó a los delatores que le llevaran a casa del joven del asado. Llamó a su puerta y le dijo al hijo del vendedor de bandejas que debía acompañarle, porque el sultán quería verle.
El visir llegó ante el sultán y le entregó al joven diciendo: “Oh, mi soberano dueño, aquí tenéis al ladrón de la cámara del tesoro”. Pero el protegido por Sidi Bel Abbes le pidió que antes escuchara toda la historia, y entonces le contó que había ayudado a su jariya y ella, en compensación, le había recompensado.
El sultán, cuando escuchó todo lo que su jariya le debía a este joven, le abrazó contra su corazón. Después llamó a la muchacha, quien corroboró la historia. Tras comprobar que decía la verdad hizo venir a su presencia al gran visir, bajo cuyo mandato los esclavos podían impunemente violar a sus concubinas en su propio palacio. Enfadado, le destituyó de su puesto, nombró en su lugar al hijo del comerciante y echó a los malos amigos fuera del palacio. Ellos se fueron enfurecidos por haber contribuido, muy a pesar suyo, a encumbrar a su amigo.
Contextualización de la historia
En la “Historia del hijo del vendedor de bandejas, de la jariya del sultán y de Sidi Bel Abbes” se pueden encontrar numerosos signos de que estamos ante una historia típicamente marroquí. En ella aparecen términos como meqal o monedas, la muna o alimento, y el mekkeb, que es una cubierta de esparto en forma de cono, con la que se cubren los platos y las bandejas.
Uno de los personajes principales de la leyenda es la jariya, que hace referencia a la favorita o concubina del sultán. En realidad, la historia pone de manifiesto la jerarquía dentro de los palacios, con el sultán como cabeza visible, y las concubinas favoritas situadas en una posición más alta que los esclavos. De igual manera, el gran visir está por encima del resto de visires, que en los palacios ocupaban diferentes posiciones, trabajando para el sultán.
La historia también hace referencia a los zocos, las plazas públicas y los palacios, así como las comidas típicamente marroquíes, como el tayín o el asado de cordero relleno de cuscús con almendras y uvas pasas. Todos estos alimentos contextualizan el cuento y son uno de los componentes costumbristas que más llaman la atención.
Por último, la presencia del santo patrón de Marrakech, Sidi Bel Abbes, siempre atento de los fieles que le demuestran fervor, añade un componente religioso a la historia, haciéndola aún más atractiva para los oyentes.
En relación con los cuentos y su manera de narrarlos, se sabe que los cuenteros eran personas bien recibidas en los palacios por su habilidad para narrar las historias que servían de entretenimiento a los sultanes. Un ejemplo de esto es Lala Abbuch, la vieja mendiga ciega que cuenta este cuento al sultán y su séquito, probablemente a cambio de cobijo para esa noche y una buena cena en las cocinas del palacio.
De la “Historia del hijo del vendedor de bandejas, de la jariya del sultán y de Sidi Bel Abbes” sacamos como moraleja que las buenas acciones desinteresadas siempre tienen su recompensa. El cuento, además, nos ofrece como consejo la conveniencia de huir de las malas compañías y la necesidad de realizar ofrendas en las peregrinaciones para ser protegidos por los santos, porque uno nunca sabe cuándo va a necesitar de su divina benevolencia.







