Hamada Azmani, el campeón del mundo de kickboxing en acción
Hamada Azmani nació en el barrio de Poblaw, en la ciudad marroquí de Nador. Aunque de pequeño le gustaba jugar al fútbol con sus amigos, su verdadero empeño siempre fue lograr matricularse en el gimnasio para comenzar a practicar kickboxing. Pero no tenía dinero y su madre no se lo permitía por considerarlo un deporte violento.
Azmani no cejó en su empeño y su madre, cansada de tantas súplicas, hizo una concesión: si sacaba buenas notas, le apuntaría al gimnasio. Dicho y hecho. Azmani todavía recuerda la sensación de probarse los guantes y comenzar a practicar el deporte que siempre le había gustado.
Fue tanto el empeño que, al cabo de dos meses, sus entrenadores estaban encantados con sus avances y su madre contenta de que, en plena adolescencia, la ambición de Azmani fuera ir a hacer deporte en vez de estar en la calle con malas compañías.
En busca de un futuro mejor
A los 15 años, Hamada Azmani decidió ir a buscar un futuro mejor. Tomó las riendas de su destino y consiguió cruzar la frontera entre Marruecos y España para llegar a Melilla, donde pasó dos años y medio en un centro de menores. Un total de 18 meses en los que consiguió aprender un oficio sin abandonar el gimnasio.
Fueron meses muy duros. Quedó atrás el miedo de cruzar la frontera, pero su realidad consistió en enfrentarse a una nueva vida solo, sin el apoyo de su familia. Las condiciones de escasez en el centro de menores no hacían las cosas fáciles. Tampoco el hecho de no conocer el español, idioma que fue estudiando mientras lo compaginaba con su formación como jardinero y camarero.
Su vía de escape era el gimnasio en el que iba a entrenar y la comprensión de sus entrenadores, que viendo sus facultades le seguían animado a ir entrenar, a pesar de que dedicaba una gran parte del tiempo a su formación. Las primeras victorias ya auguraban un futuro prometedor.
Una nueva vida
A los 18 años se vio en la calle, con muy poco dinero, sin documentación para poder trabajar, pero con la posibilidad de desplazarse por la Península. Fue así como terminó en Málaga, donde tenía conocidos que le recomendaron pasar por una ONG que quizá podría ayudarle.
No había plazas públicas para personas sin hogar, pero los voluntarios le indicaron qué pasos debía hacer para mejorar su situación y conseguir comer a diario. Pasó tres meses durmiendo en la calle, pero su empeño por mejorar de vida era más fuerte que el miedo. En 2010 llegó la buena noticia: había una plaza para él en un piso de acogida. Tenía en su mano la oportunidad de aprovechar el momento para seguir formándose.
Durante dos años, Azmani siguió estudiando para trabajar en la construcción y en hostelería, al tiempo que seguía entrenando, aunque sin permiso de trabajo no podía salir de España para pelear con contrincantes de su nivel. A diario, durante esos dos años, soñaba con conseguir triunfar en el deporte que tanto le gustaba.
Dicen los que le conocen que Hamada Azmani se transforma en el ring. Pasa de ser un chico tímido y educado en un fuera de serie que triunfa por la agilidad con la que se mueve y la determinación con la que se defiende. El apodo de “pantera negra” no viene dado por casualidad. “En los combates somos todos iguales”, apunta. Pero matiza: “este deporte no va solo de pegarse”.
Siempre progresando
A través de tanto esfuerzo, los éxitos, tanto en la vida personal como en la deportiva, no se hicieron esperar. Azmani consiguió trabajo como montador de paneles de pladur y estuvo trabajando en Huelva y Marbella. Cada mañana, tomaba el transporte público para llegar a su trabajo. Más de dos horas de camino de ida y otras dos horas de vuelta. Un trabajo cansado, pero que le permitía seguir progresando en la vida y tener ingresos.
A pesar de todo, el deportista siempre sacaba tiempo para entrenar, y dar clase de kickboxing a niños y adolescentes. Durante estos años, Azmani también conoció a su novia, se fueron a vivir juntos y tuvieron un hijo.
Cuando se le pregunta por sus ídolos, Hamada Azmani siempre señala a Ayoub Ghadfa, de 25 años y de origen marroquí. Ghadfa empezó a practicar kickboxing para defenderse del bullying que sufría en su centro de estudios, sin imaginar que terminaría consiguiendo la medalla de planta en los Juegos Olímpicos de París.
Llega la oportunidad
Un buen día llegó la oportunidad para Hamada Azmani. Le ofrecieron luchar con el entonces campeón del mundo, el italiano Paolo Cannito. Aunque Azmani actuaba como visitante, lo que incrementaba la dificultad para lograr una victoria, decidió ir a por todas. Durante los meses previo incrementó el ritmo de sus entrenamientos y estudió a su rival. Cuidó tanto su físico como su mente. Y con la ilusión metida en una maleta, llegó a Roma, listo para el combate, que fue de gran dureza.
Los golpes que recibió Azmani no le impidieron ganar por KO al italiano, por lo que pasó a obtener el cinturón de campeón mundial de su categoría de 57 kilos representando a España. Lo celebró encima del ring con la camiseta española y la marroquí, y la mente puesta en su historia de superación.
Después de la victoria marchó a Nador a celebrarlo con su familia. Y regresó a España para seguir trabajando y entrenando. Hamada Azmani solo tiene 23 años, un gran camino recorrido y mucho futuro por delante. Como campeón de mundo de kickboxing en la categoría de 57 kilos, ha comprendido que la vida te puede golpear dentro y fuera del ring. Pero con determinación, esfuerzo y motivación tienes más oportunidades de alcanzar tus metas.







