Los dos hermanos en el palacio de los ogros
Algunos cuentos marroquíes son los que pertenecen al género de las leyendas populares. Son narraciones que se contaban en los palacios para que disfrutaran los sultanes y su séquito. En la voz de los más extraordinarios narradores, eran considerados como un auténtico tesoro.
En el caso del cuento de “Los dos hermanos en el palacio de los ogros”, la narradora fue la cherifa Lala Urqiya, una cuentera de gran fama, que hacía las delicias del sultán Muley Hasán con su extraordinaria capacidad a la hora de contar historias. Lala Urqiya, una esclava originaria de Larache, visitaba los harenes y, fruto de una memoria extraordinaria, podía contar un cuento cada noche a un auditorio extasiado por sus maravillosos cuentos.
Su forma de narrar, con inteligencia y gracia, hacía la velada siempre interesante. Ella iba adaptando el ritmo de la narración a la respuesta de quienes la escuchaban, normalmente el sultán con sus favoritas y esclavas. Algunos de los cuentos preferidos, de entre el inmenso repertorio de la cuentera, eran los que, como éste, tenían la presencia de ogros. Entonces el palacio del Aguedal del Marrakech se quedaba en silencio. El sultán se recostaba en su alfombra y todos escuchaban atentos la voz de Lala Urqiya, comenzando su narración.
Los dos hermanos en el palacio de los ogros
Había una vez dos hermanos. Uno era rico y sin hijos, y el otro pobre y con una extensa familia. El rico era muy avaro y nunca le regalaba nada a su hermano pobre, respondiendo a los que le afeaban su forma de ser con un “ya le daré algo más adelante”.
Un día, cuando regresó a su casa, harto de los comentarios de quienes le insistían en que debía ayudar a su hermano, ordenó a una de sus esclavas sacar la leche agria que quedaba en los odres después de haber hecho mantequilla y tirarla en un cementerio abandonado. Al día siguiente, cuando sus vecinos le hicieron los mismos reproches de siempre, él simplemente les respondió que ya había dado orden de darle toda la leche agria.
Extrañado de por qué no le había llegado la leche agria, el hermano pobre fue a preguntar a la esclava, quien terminó confesando que el hermano rico le había dado la orden de tirar la leche agria en un cementerio abandonado. Entonces el pobre se puso a llorar y, decepcionado, montó en su mula, recorriendo el camino hasta llegar al país del Miedo y la Soledad, donde vio un árbol al lado de un gran palacio.
La buena fortuna del hermano pobre
El hombre escondió a la mula, subió al árbol para vigilar el lugar y vio llegar a un grupo de ogros que, para abrir la puerta del palacio, exclamaron a modo de contraseña: “¡Yo te incienso, oh Lala Mimuna, con el comino!”. Nada más pronunciar la frase, la puerta se abrió y los ogros pasaron al palacio.
El hombre dejó pasar un tiempo prudencial y después bajó del árbol para dirigirse a la puerta y pronunciar las mismas palabras mágicas que había escuchado. La puerta se abrió, el pobre entró y encontró una gran cantidad de riquezas amontonadas. Puso en su mula tantas como pudo cargar, y al día siguiente repitió la operación, de tal manera que consiguió reunir una fortuna considerable, lo que le permitió construir un palacio, comprar esclavos y vivir feliz.
El egoísmo del hermano rico
Un día el hermano rico fue a casa del hermano pobre para felicitarlo por su nueva fortuna y, de paso, investigar cómo la había ganado. Cuando el rico supo la respuesta se dirigió al país del Miedo y de la Soledad y llegó al palacio de los ogros.
Se escondió en el árbol y cuando los vio llegar, los escuchó decir la misma contraseña: “¡Yo te incienso, oh Lala Mimuna, con el comino!”. Entonces la puerta se abrió y los ogros entraron. Al día siguiente el hermano rico probó suerte y, con la misma fórmula que había memorizado, consiguió entrar en el palacio. Cargó la mula con tantas riquezas como pudo atesorar, pero, a la salida, no se acordó de la contraseña para que la puerta pudiera abrirse.
Lo que hizo fue quedarse agazapado hasta que los ogros llegaron al día siguiente y con la fórmula mágica abrieron la puerta. Pero cuando fue a escapar los ogros le descubrieron y se lo impidieron y él, antes de ser comido, terminó traicionando a su hermano, avisándoles de que hacía un tiempo les había robado parte de su tesoro.
La venganza
Una vez los ogros se comieron al hombre rico decidieron ir en busca de su hermano para comérselo también. Entonces se escondieron en unas alforjas cargadas sobre unas mulas y el jefe de los ogros se disfrazó de mercader. Llegó a casa del hermano por la noche y le pidió poder alojarse en su casa, argumentando que se había retrasado y no encontraba un almacén donde guardar su aceite.
El hermano, confiado, mandó guardar los animales en la cuadra y llevó algo de cenar al ogro, pensando que era un hombre como él. Pero durante la noche, una joven esclava decidió pinchar uno de los odres y robar un poco de aceite para frotarse el pelo, descubriendo que lo que en realidad guardaban las alforjas eran ogros.
Asustada, fue a contárselo a su amo, quien en seguida comprendió la situación. Fue a buscar a sus vecinos y sus esclavos, amontonó leña y paja alrededor de la cuadra y le prendió fuego, de manera que todos los ogros perecieron bajo las llamas. Después, fue de nuevo al palacio de los ogros, robó todas las riquezas y se convirtió en el hombre más rico del mundo.
Contextualización del cuento
El cuento de “Los dos hermanos en el palacio de los ogros” encierra algunos elementos propios de los cuentos marroquíes, entre ellos la aparición de los ogros, unas figuras mitológicas que pueden adquirir la apariencia de humanos. Es habitual su presencia en cuentos de diversas regiones en todo el mundo, desde las occidentales, especialmente en el norte de Europa, a las africanas.
En este cuento, además, se dan cita ciertos sentimientos, como el egoísmo, la avaricia, la compasión o la envidia. La dualidad entre un personaje rico y uno pobre aparece con cierta frecuencia en las narraciones marroquíes.
Si nos fijamos en aspectos típicamente locales podemos encontrar a las mulas como animales de ayuda a la hora de cargar mercancías, la figura de los arrieros o mercaderes, los odres o la costumbre femenina de acicalarse el pelo con aceite. Por último, la victoria del bien sobre el mal es también un tema muy recurrente en estos cuentos, para satisfacción de los oyentes, deseos de poder disfrutar de un final feliz, en el que el protagonista, después de muchas aventuras, por fin alcanza el destino deseado.
El cuento de “Los dos hermanos en el palacio de los ogros” cuenta la buena fortuna de un hermano pobre a la hora de conseguir un tesoro, y la desdicha de un hermano rico, comido por los ogros. Contado por la extraordinaria cuentera Lala Urqiya al sultán Muley Hasán en Marrakech, este cuento es típicamente marroquí. Su intención, además de entretener, es que la audiencia pueda aprender algo con la narración.







