Biblioteca de Tamegroute: un legado que atraviesa los siglos
En la pequeña localidad de Tamegroute, situada en el valle del Draa, al sur de Marruecos, hay un lugar que parece inalterable al paso del tiempo. Es una pequeña biblioteca que, lejos de presentarse como un gran punto de interés turístico, se oculta en la zaouia, rodeada de calles de adobe y alejada de las miradas curiosas. Sin embargo, sus libros y manuscritos, de incalculable valor, son un auténtico tesoro.
Para acceder hay que preguntar y confiar en que alguien vendrá a abrirnos la puerta a un espacio que rezuma conocimiento. Y esta espera obliga a tomar distancia del mundo real para adentrarnos en la sobriedad de unas estancias vestidas con antiguas estanterías, donde empaparnos de un saber ancestral.
Lo primero que sorprende es la sobriedad. No hay grandiosidad arquitectónica ni una escenografía especialmente diseñada para impresionar. Las salas son sencillas, casi desnudas, y en esa austeridad reside parte de su encanto. Porque lo verdaderamente valioso no está en la decoración, sino en la cultura que se esconde en sus vitrinas llenas de manuscritos, con puertas de vidrio asimétricas y ligeramente destartaladas.
Desafiando el paso del tiempo
Tamegroute data del siglo XI, erigiéndose como centro religioso. Mohamed Ben Nacer fundó en el siglo XVI la escuela coránica de la localidad y años después su hijo Ahmed, en sus peregrinajes a la Meca, fue reuniendo libros que dieron forma a la biblioteca, que se convirtió en una de las más grandes de Marruecos. Hoy, en su interior se conservan miles de manuscritos que han sobrevivido varios siglos, como un apreciado Corán del siglo XI, escrito sobre piel de gacela.
En las estanterías también se pueden apreciar curiosidades como textos pitagóricos traducidos al árabe hace más de 500 años, escritos de Avicena, Averroes y Al-Juarismi, un antiguo mapa de Alejandría, manuales de astronomía de origen egipcio ilustrados con los signos del zodiaco, tratados de medicina y manuscritos procedentes del Califato de Córdoba y de Samarcanda.
Visitar la biblioteca supone acercarse a más de 4.000 textos que hablan de religión, pero también de geometría, matemáticas, caligrafía, botánica, historia, poesía árabe y amazigh, o ciencias en su más vasta dimensión. Unos presentan preciosas y cuidadas encuadernaciones y en otros las páginas penden de un hilo.
La biblioteca es el resultado de una paciente acumulación de saberes iniciada hace siglos, cuando Tamegroute se consolidó como un centro de estudio y espiritualidad. Viajes, intercambios y peregrinaciones fueron alimentando durante siglos una colección que, durante un tiempo, alcanzó dimensiones mucho mayores. Se estima que la biblioteca llegó a contar con más de 50.000 ejemplares en su haber. Algunos de los libros se cedieron a otros centros de enseñanza coránica y otros se fueron perdiendo con el correr de los siglos.
Los manuscritos son un patrimonio que se antoja tan vulnerable como interesante. Algunos están decorados con pigmentos naturales, como azafrán, henna, nuez y pan de oro, que han resistido el paso del tiempo. Hay en ellos una belleza silenciosa, que trasciende lo funcional, donde cada página parece contener una manera de entender el conocimiento como algo valioso en sí mismo. De este modo la biblioteca se convierte no solo en un conjunto de manuscritos, sino el fiel reflejo de una época en la que la cultura circulaba sin barreras que la pudieran frenar.
La protección del desierto
En general, el estado de conservación de algunos de los documentos de la biblioteca es asombroso. A pesar de la ausencia de medios modernos, muchos manuscritos han llegado hasta hoy en condiciones aceptables. El clima seco de la antesala del desierto ha contribuido a su adecuada preservación, como si el propio paisaje que rodea la biblioteca hubiera colaborado conscientemente en la tarea de proteger sus tesoros más ocultos. Toda una paradoja el hecho de que un entorno tan duro pueda haber servido para conservar materiales tan frágiles.
En la visita no se permite fotografiar las estancias, lo que obliga a poner los cinco sentidos en el momento presente, para fijarlo en la memoria, con el convencimiento de que lo que no se logre recordar se terminará borrando con el paso de las horas. Es esta urgencia, quizá, lo que hace aún más icónico el lugar.
Durante años, la biblioteca estuvo custodiada por Hajj Halifa el Fassi, un anciano que guiaba a los visitantes en silla de ruedas, presentándoles algunos de los manuscritos más significativos de la biblioteca. Con su presencia parecía asegurar la continuidad del legado a cambio de una propina. Hoy es su hijo el que continúa su misión.
La biblioteca no puede entenderse sin imaginarse la zaouia como punto de encuentro para estudiosos, viajeros y creyentes. En ese contexto, los libros no eran objetos aislados, sino herramientas de una comunidad que tenía en el aprendizaje una de sus razones de ser. Hoy, la huella de ese pasado sigue manteniéndose viva.
Al salir de la biblioteca se tiene la sensación de haber entrado en contacto con un legado que resiste heroicamente el paso del tiempo. La biblioteca de Tamegroute no busca deslumbrar, sino emocionar con su manera de almacenar el conocimiento, a la antigua usanza. Un acercamiento a la cultura más lento y sutil, y por supuesto mucho más íntimo de lo que estamos acostumbrados.







