La aïta, el grito ancestral de las cheikhats marroquíes
Durante siglos, la historia de Marruecos ha tenido en la voz de las cheikhats las mejores crónicas de la época. Estas mujeres, protagonistas del género musical llamado aïta, no solo cantaban para entretener. Sus versos fueron grito de protesta, refugio espiritual, crónica social y espejo del alma colectiva. Hoy, en pleno siglo XXI, aquel arte rural y rebelde lucha por sobrevivir al olvido y la incomprensión con una nueva generación de artistas que intenta resucitarlo.
Un canto con siglos de historia
La aïta surgió en el ámbito rural marroquí como una forma de expresar lo que no podía decirse de otro modo. En sus letras se mezclaban denuncias contra los abusos del poder y los ecos de amores trágicos e imposibles. Algunos investigadores creen que su origen se remonta al siglo XII, cuando el dolor de las madres por la violencia de los caídes, que constituía una continua amenaza para el pueblo, se convirtió en un cántico desgarrador.
Ese “grito”, que es lo que literalmente significa “aïta” en dariya, no tardó en convertirse en una poderosa forma de comunicación oral. Lejos de los libros, la historia de Marruecos se ha cantado tradicionalmente a través de estos versos. Cada hecho relevante encontraba eco en una canción tal y como lo recuerda Jamal Zerhouni, intérprete y estudioso del género, quien afirma que “de cada acontecimiento histórico queda una pieza de aïta específica”. Su valor, por tanto, va más allá de lo artístico, convirtiendo a la aïta en forma de memoria colectiva.

Admiración y prejuicios
Las intérpretes de este género ocuparon un lugar con cierta ambigüedad dentro de la sociedad. Aunque eran admiradas por su talento, a menudo eran también marginadas por su visibilidad y sus ansias de libertad. Curiosamente, la palabra cheikh, en masculino, se asocia a respeto y sabiduría, mientras que cheikhats, en femenino, en cambio, es un vocablo cargado de prejuicios.
A pesar del recelo, estas artistas eran mucho más que animadoras de fiestas. Se convertían en líderes de agrupaciones musicales, dueñas de su palabra y referentes de la tradición oral. Su independencia y su protagonismo escénico desafiaron los estereotipos sobre el papel de la mujer en el espacio público.
Una de las cheikhats más emblemáticas fue Karboucha, quien a finales del siglo XIX y comienzo del XX cantó contra la tiranía del caíd Issa Ben Omar. Su canto no solo apelaba a la justicia, sino que invocaba a lo sagrado. Posteriormente, otras como Haja El Hamdaouia o Fatna Bent Lhoucine, conocida como “la leyenda de la aïta”, también se convirtieron en símbolos que llevaron la aïta desde el mundo más rural hasta los escenarios urbanos internacionales.
Entre el estigma y la dignidad
Durante la colonización francesa, la aïta se transformó en himno nacionalista. Las cheikhats cantaban al pueblo, a la resistencia y a la dignidad. La popularidad de sus cantos, sin embargo, las puso en el punto de mira y fueron acusadas de inmoralidad. El poder colonial, que no toleraba la fuerza de su canto, las fue relegando a espacios de entretenimiento bajo control francés, como el barrio de Bousbir en Casablanca, donde se mezclaban actividades artísticas con la prostitución. De este modo, su figura quedó atrapada en una narrativa de desprestigio, marcada por acusaciones de inmoralidad.
La transición poscolonial no mejoró demasiado su imagen. En los años setenta, con la creciente influencia de la religión en la política, las cheikhats, lejos de ser reconocidas como artistas, quedaron marcadas por una mirada sexualizada. Su visibilidad era vista como una amenaza y su cuerpo fue convertido en objeto de censura.
Pese a ello, estas mujeres nunca se achantaron. Su manera de actuar seguía hablando de autonomía y de orgullo, visibilizando una forma de poder femenino que no pedía permiso a nadie para existir.

La reinvención sobre el escenario
En los últimos años, algunos artistas han decidido rendir tributo a las cheikhats desde enfoques muy creativos e innovadores. Uno de los ejemplos más destacados es el de Kabareh Cheikhats, una compañía teatral fundada en 2016 por el director Ghassan El Hakim. Formado íntegramente por hombres, este grupo recrea sobre el escenario canciones tradicionales, con sus componentes masculinos maquillados y vestidos con caftanes.
Su intención no es la burla ni la parodia, sino la reivindicación. Según El Hakim, encarnar a estas mujeres es una forma de liberar al hombre de su masculinidad más tóxica y de fomentar una convivencia más igualitaria. Con humor y sensibilidad, llevan su mensaje a teatros de Marruecos y Europa.
En este sentido, otra figura clave en la revitalización de la aïta es Widad Mjama, la rapera nacida en Casablanca. Educada en la danza y el arte dramático, fue la primera mujer en destacar en la escena rap underground marroquí a comienzos de los 2000. Más tarde fundó el grupo N3rdistan, donde fusiona música electrónica, poesía árabe y sonidos que recuerdan al Marruecos ancestral.
Con su proyecto Aïta mon amour, junto al músico tunecino Khalil Epi, Mjama reinterpreta el repertorio tradicional de sus antecesoras desde una estética contemporánea. Sus conciertos se convierten así en celebraciones de lo femenino, una fiesta donde la tradición se mezcla con el beat moderno.
Para la artista, la cheikha es una figura clave en la construcción de la identidad colectiva. “Lo que más me duele es que había cientos de compañías femeninas a mediados del siglo XX y ahora quedan muy pocas. Es como si perdiéramos una parte de nosotras mismas”, señala.
Una voz aún incómoda
La aïta es más que una música folclórica. Se trata de una forma de mirar el mundo, de denunciar las injusticias y de sanar colectivamente. En sus versos no solo hay pasión y desgarro, sino también verdad. Por eso, algunos intelectuales han intentado en las últimas décadas revalorizarla como parte del patrimonio nacional marroquí. Sin embargo, esos esfuerzos no siempre han escuchado la voz de las propias cheikhats. En festivales o investigaciones académicas, muchas veces han sido tratadas como objeto de estudio más que como protagonistas de su propia historia.
Hoy, las cheikhats son las protagonistas de documentales, películas, libros u obras de teatro. Aïda, Aïcha, Hafida… las pocas cheikhats que quedan miran con nostalgia su época dorada en un país donde el público joven todavía está más interesado en las canciones internacionales que las que narran su propia historia. Y, sin embargo, algo ha comenzado a cambiar. Hay una generación de artistas, actores, literatos y músicos que está recuperando la fuerza de la aïta no solo como música, sino como símbolo. Porque, al final, lo que estas mujeres hicieron fue alzar una voz que sigue resonando hoy en día y desafiando al silencio, porque su misión es ser escuchada, contar su verdad y remover conciencias.







