El burro en Marruecos y su importancia en la sociedad
Mientras que en Occidente cada vez se ven menos burros, en Marruecos es un animal bastante común. Se utilizan sobre todo en trabajos agrícolas y para transportar mercancías en las medinas de las grandes ciudades, donde es difícil que pase un vehículo a motor, pero también acompañan a los excursionistas en las zonas más escarpadas y montañosas del país, lo que hace que sean imprescindibles para muchas familias.
En Marruecos es difícil encontrar el mismo concepto de humanización y cariño hacia los animales de compañía que existe en Occidente. Pero precisamente por la ayuda que pueden prestar los burros a sus dueños, existe el impulso de cuidar al animal porque es una herramienta de trabajo clave para la economía familiar.
La fortuna de tener un burro
Las familias que tienen un burro se sienten afortunadas y no hacen caso a la mala fama que tiene este animal, que siempre ha sido objeto de burlas al asemejarlo a la estupidez humana. Tampoco ayuda que el Corán establezca que “no hay sonido más desagradable que el rebuzno de un asno”, y que su rebuzno sea sinónimo de malos presagios. Y si bien es cierto que el número de burros ha disminuido a la mitad en los últimos 15 años, estimándose en medio millón en el país actualmente, en muchas zonas del campo y la montaña se considera imprescindible.
En las medinas de ciudades como Fez, con estrellas callejuelas que no admiten más tráfico rodado que motos o bicicletas, los burros son los encargados de llevar todo tipo de material. Hace una década, un empresario de la limpieza llamado Aziz Badrait ya lo tuvo claro: el burro era mucho mejor que las ruidosas motocicletas que molestaban a los vecinos.
Burros como operarios de limpieza
Aziz tuvo la idea de convertir a los burros en operarios de limpieza y dignificar así su trabajo. Para ello, ideó una recogida de basuras en la medina a cargo de estos animales. Compró hasta 92 burros, construyó un establo para ellos y les impuso un periodo de formación. Durante una semana, el burro novato era guiado por un compañero veterano en el recorrido por la medina. Después se le añadían las alforjas vacías y posteriormente se acostumbraba a llevarlas llenas de residuos.
En vez de darles de comer pienso y paja, los burros comían los desechos vegetales sobrantes del mercado central, y también tenían derecho a descansar durante un día completo después de dos días trabajados. Además, Aziz les sometió a un tratamiento antiparasitario y dental, y cuando se daban un golpe o tenían un accidente les dejaba descansar.
Para el operario de limpiezas, trabajar con burros suponía innumerables ventajas: no se necesitaba gastar en combustible y el medio ambiente era el gran beneficiado al evitarse los humos. El buen carácter de los animales, además, hacía que trabajar con ellos fuera una delicia.
Otras iniciativas con burros
La iniciativa de Aziz no ha sido la única que ha tenido a los burros como protagonistas. El pueblo de Beni Ammar Zerhoun, situado entre Fez y Meknes, celebra el FestiBaz o Festival del Burro para reivindicar el valor de este animal. En 2019 se realizó un concurso de belleza, donde se premiaba no solo la robustez de los candidatos presentados, sino también su prestancia y limpieza.
Ganó la burra Cleopatra, que se impuso a sus adversarios al ser mejor valorada por un jurado de diez expertos. El premio para Hilali, su dueño, fue un saco de cebada, un cheque de 2500 dirhams y un certificado, además de una estatua de un borrico en miniatura. Y aunque nadie se bañó en su leche, como hacía la egipcia de la que tomó el nombre, la burra Cleopatra se convirtió en protagonista para un día.
Los organizadores del festival señalaron que el certamen era una excusa más para rendir justicia a este animal “hermoso y fiel, que ha servido al ser humano a lo largo de la historia y ha inspirado a filósofos y poetas”.
Y es que algo está cambiando en Marruecos a la hora de valorar al animal que lleva siglos ayudando a sus habitantes. A ello contribuyen iniciativas como el Refugio Jarjeer, un santuario de descanso para los burros creado por la asociación benéfica Jarjeer Mole and Donkey Trust en Oumnass, a 24 kilómetros de Marrakech, en las estribaciones del Atlas.
En este centro, que gestiona el matrimonio británico formado por Susan Machin y Charles Hantom, se proporciona a los burros alojamiento, comida y cariño. También se trata a los animales heridos y se conciencia sobre la necesidad de cuidar a estos animales, eliminando las situaciones de maltrato y abuso. Y durante una década lo han hecho tan bien que la comunidad local de los pueblos cercanos está volcada con el proyecto, financiado con fondos privados.
Una mirada de agradecimiento
Más recientemente, el pueblo marroquí ha vuelto a mirar con agradecimiento al burro, el animal que prestó una inmejorable ayuda tras el último terremoto que sufrió el país. La ayuda a las poblaciones más aisladas llegó en ocasiones a lomos de estos animales.
En los días posteriores al seísmo, bomberos de Gran Bretaña rescataron a un burro que había quedado atrapado entre los escombros, para desesperación de sus dueños. El Equipo Internacional de Búsqueda y Rescate de Reino Unido obró el milagro y los propietarios del animal se mostraron tremendamente agradecidos, ya que el burro sustentaba, como en otros muchos lugares, la economía familiar. La imagen de los bomberos acariciando la cabeza del animal para tranquilizarle tras el rescate dio la vuelta al mundo.
Y es que el burro, por su fortaleza física, es fundamental en las aldeas remotas y los terrenos más escarpados de Marruecos, proporcionando una ayuda inestimable en las rutas que recorren las montañas del Atlas, sirviendo tanto a los excursionistas como a la población local.
En algunos casos son utilizados para transportar medicinas, agua, material escolar y otras mercancías de gran utilidad para la población local. Y en otros suponen una ayuda para el porteo de los equipos de los montañeros que realizan trekkings por la zona, lo que constituye una fuente de ingresos para las familias que se dedican al turismo en las montañas, tanto en la zona del Atlas como en la sierra de Kandar, entre otras.
Momentos virales
El hecho de que el burro siempre haya estado presente, de una manera u otra, en la economía del país, ha dejado un montón de anécdotas. Una de las más curiosas fue la que sucedió hace unos años en Casablanca, cuando una grúa de tráfico se llevó a un burro por haber infringido el Código de Circulación. Cuando se procedía a retirarlo de la calzada, y tras asegurarse de que el motivo no era otro que haber incumplido una ley de tráfico, una conductora anónima grabó la escena, la subió a las redes sociales y la imagen se expandió por medio mundo en cuestión de horas.
También se hizo viral el momento en que un niño acudió montado en un burro al instituto. Al parecer, un profesor del instituto de Berrechid, una localidad situada en el centro del país, le dijo a un muchacho: “trae aquí al burro de tu padre”. El chico, con la complicidad del guarda del centro educativo y amparado en la dualidad de la expresión, llegó montado en un burro que encontró en las inmediaciones del instituto. Dicen los locales que fue castigado doblemente, primero por el profesor, al considerar que se estaba burlando de él, y luego por el padre, que no tenía constancia de lo ocurrido hasta que alguien le envió el vídeo que había grabado un testigo de la broma.
En España cada vez quedan menos burros y quizá en 30 o 40 años, si siguen desapareciendo, en Marruecos solo se encuentren en los zoos. De momento, los marroquíes han comenzado a mirarlos con otros ojos: no solo como herramienta de trabajo, sino al menos como compañeros de faena y como uno de los grandes activos de la casa. Una nueva perspectiva que quizá no pueda equipararse a la visión humanizada que en Occidente tenemos de los animales, pero que es el primer paso para proteger sus derechos y, como no podía ser de otra forma, reconocer su simpatía y tenacidad.







