Cuento marroquí: La reina y el rey, hijo de Amelknani
El cuento marroquí de “La reina y el rey, hijo de Amelknani” es una historia de amor y celos que forma parte de los denominados “cuentos maravillosos” de Marruecos, narraciones transmitidas de generación en generación a través de la tradición oral.
Su riqueza simbólica y su tono fantástico reflejan no solo una historia pensada para entretener a los oyentes por parte del cuentero, sino también la manera en que las comunidades han ido transmitiendo valores de generación en generación.
La reina y el rey, hijo de Amelknani
Había una vez un rey que tenía muchas esposas, pero una de ellas ocupaba un lugar especial en su corazón, pues la prefería a ella sobre todas las demás. Un día, la mujer se tiñó las manos con pasta de henna, pero aplicó se tanta cantidad que en lugar de rojas quedaron negras. Al verlo, comentó que el negro era preferible al blanco.
El rey, celoso y desconfiado, interpretó que aquellas palabras escondían un amor secreto hacia su esclavo negro. Consumido por la sospecha, no dudó en matar al esclavo, meter su cuerpo en un cajón y esconderlo bajo la cama. Por la noche, atormentó a la reina, colocándole el cajón encima, y le propinó cincuenta golpes. Con cada uno de ellos le preguntaba a quién prefería. Ella, en silencio y con resignación, pensaba en Dios y respondía que prefería a quien estaba por encima de ella. Sin embargo, el rey entendía que hablaba del esclavo y aumentaba paulatinamente la violencia de sus castigos.
Una madre angustiada
Mientras esto sucedía, vivía una mujer estéril que había rogado a Dios tener un hijo. Un ángel se le apareció y le anunció que tendría descendencia, pero le advirtió que nunca debía permitir que el niño comiera uvas, pues su alma residía en esa fruta y moriría si la probaba.
El niño creció y se convirtió en un joven sabio y prudente. Un día, unos hombres convencieron a la madre de dejarlo salir con ellos a un jardín. Ella se negó al principio, temiendo el peligro, pero finalmente cedió. En el jardín, los jóvenes comieron frutas, entre ellas uvas. El hijo, fiel al mandato materno, rechazó probarlas, pero sus compañeros se burlaron de él hasta que, presionado, comió un grano de uva. En cuanto lo hizo, cayó muerto en el acto.
Sus amigos, asustados, envolvieron su cuerpo en un turbante y le hicieron tres nudos antes de enterrarlo. La madre, rota de dolor, buscó desesperadamente a alguien que pudiera deshacer los nudos y devolverle la paz a su hijo. Finalmente, una anciana le dijo que solo una mujer dichosa y sin odio en su corazón podría hacerlo.
La madre acudió entonces a la reina favorita del rey y le contó su historia. La reina le comentó que, a pesar de ser reina, ella no era dichosa. Y le invitó a esconderse detrás de una cortina hasta la llegada del rey, que repitió la escena de cada noche, moliéndola a palos.
Cuando el rey se fue, la reina le dijo a la mujer: “ya ves, buena mujer, mi dicha desde hace un año”. La madre le sugirió a la reina que, la siguiente noche, contestara que prefería al rey hijo de Amelkani. Y le pidió que deshiciera los nudos porque, a pesar de las circunstancias, no destilaba odio.
La nueva respuesta
Al día siguiente, cuando el rey volvió a interrogar a su mujer, propinando los golpes como de costumbre, ella le respondió como la madre le había sugerido. El rey, intrigado y perturbado por aquella respuesta, mandó enterrar al esclavo y partió con un ejército para buscar al monarca mencionado por su mujer. Hizo un largo camino con sus tropas y finalmente llegó ante las murallas de la ciudad del rey hijo de Amelknani. Era una ciudad completamente negra, con las murallas, las calles y las casas pintadas de este color.
El almuédano de la ciudad, que había subido al minarete para llamar a la oración, al ver el tamaño del ejército que se acercaba a la ciudad, avisó a la población. La gente se alarmó y el propio rey salió al encuentro del rey extranjero para cortarle la cabeza. Pero primero le preguntó quién era y por qué había llegado a las puertas de la ciudad con sus tropas.
Entonces el rey extranjero le contó su historia. El rey, hijo de Amelknani, le escuchó atento y después le explicó que él mismo había pasado por una circunstancia parecida. Estaba casado con su prima, pero ella lo engañaba cada noche dándole un brebaje que lo adormecía, para después abandonar la casa.
Un sabio, al escuchar su pena, le aconsejó que fingiera aceptar el vaso, pero que no lo bebiera. Así lo hizo, obligando a su esposa a beber la pócima. Ella cayó dormida y él aprovechó para ponerse sus ropas, cubrirse con sus velos y seguir el camino que ella recorría cada noche. Al llegar a la ciudad, un judío borracho pensó que era su mujer y le dijo que llegaba con mucho retraso. Allí comprendió que aquel hombre era el amante de su esposa.
Lleno de ira, lo mató de un golpe de sable y regresó al palacio con la cabeza del traidor en un cofre. A la mañana siguiente, cuando su esposa despertó, le entregó el cofre. Ella lo abrió y al ver la cabeza de su amante, murió fulminada de dolor. El rey, entonces, mandó pintar de negro las murallas de la ciudad para mostrar su tristeza y proclamó que aquel luto recordara por siempre la traición sufrida.
Intento de perdón
El rey hijo de Amelknani le dijo al rey extranjero que regresara a su casa y le ofreció un collar de perlas para que se lo regalara a su esposa y así ella pudiera perdonar la conducta que había tenido. El rey regresó y puso en el cuello de la reina el collar de perlas, pero ella se transformó en tórtola y desapareció volando.
Cruzando innumerables países, llegó al palacio del rey, hijo de Amelknani, y se posó en sus rodillas. El rey, al acariciarla, le quitó el collar de perlas, y la tórtola, recobrando su forma humana, se le presentó con una belleza increíble. El monarca se casó con ella de inmediato, mientras que el antiguo marido, malvado e injusto, quedó solo, perdió la razón y se consumió en la desgracia de sus propios celos.
La tradición marroquí
En el cuento de “La reina y el rey, hijo de Amelknani”, como en tantos otros, aparecen objetos, personajes y escenarios que nos trasladan a las costumbres marroquíes de antaño, con reyes con varias esposas, reflejo de la poligamia, o referencias a la esclavitud en los palacios, que muestran la vida de quienes servían en la corte y, curiosamente, se encargaban de contar las historias que entretenían al sultán y a su séquito.
Entre otros elementos, en este cuento aparece la figura del almuédano y su llamada a la oración, lo que recuerda la profunda presencia del islam en la vida cotidiana. Y no falta la acción en el palacio, donde el ambiente de lujo y misterio cobra protagonismo.
En cuanto a las perlas, símbolo de riqueza y tesoro propio de los mercados de Oriente, y la transformación de la doncella en paloma, son elementos que contribuyen a cargar de fantasía y exotismo el relato, dando forma y contexto al cuento.
Este relato se caracteriza también por la moraleja que encierra: el rey, cegado por los celos y la manera injusta de tratar a su esposa, termina en soledad, recordando que la desconfianza y la dureza de corazón conducen siempre a la pérdida de la amada.
El cuento de “La reina y el rey, hijo de Amelknani”, fue recogido de la voz de Yema’a, una de las esclavas más antiguas del sultán Muley Hasán, quien transmitía estas historias en las estancias del palacio. Su voz representa la de tantas narradoras que conservaron viva una tradición que todavía hoy sigue fascinando.







