La doncella y el mendigo, el cuento de Yema’a para el sultán
La doncella y el mendigo es un relato englobado en la categoría de “cuentos maravillosos”, que en su día se transmitieron por tradición oral de generación en generación, tanto en palacios como en la calle. Con un principio que recuerda a cuentos occidentales como el de la Bella Durmiente, y un final inesperado, este cuento está salpicado de giros de guion y guiños orientales, y fue reproducido en los harenes de Marruecos por las esclavas con más habilidad para contar historias.
Existe constancia de que el relato era uno de los preferidos del sultán Muley Hasan, quien gustaba escucharlo de boca de la esclava Yema’a, quien debía su fama como cuentacuentos a su capacidad de transmitir sensaciones tan solo con utilizar palabras.
La doncella y el mendigo
Había una vez un matrimonio muy rico que no tenía descendencia. El hombre rezaba a Alá día y noche para que les diera un hijo. Un día escuchó a un ángel que les anunció el nacimiento de una hija, pero advirtiéndoles que el día que naciera tanto él como su mujer morirían. A pesar de la advertencia, el hombre se mostró conforme.
Llegó el nacimiento y, como se había profetizado, el matrimonio murió al instante. Un mendigo que acudía a la puerta de la casa a diario para pedir limosna oyó llorar a la pequeña recién nacida tras la puerta de la vivienda. Se asomó y vio a la niña junto a sus padres muertos, por lo que procedió a dar sepultura a los difuntos y compró una cabra, instalándose en la casa vacía para alimentar a la niña.
La pequeña creció con un maestro contratado para instruirla y un poeta que le enseñó bellas palabras. Un día en el que el padre adoptivo había salido, ella subió a la terraza y el visir del rey la vio, avisando al monarca de su gran belleza. El rey envió a un mensajero a casa del mendigo para que pidiera en matrimonio a la muchacha, pues deseaba casarse con ella. Pero el mendigo negó que tuviera una hija y el rey olvidó el asunto.
Acertijos y respuestas
Un día, aburrido, el rey hizo pregonar en un barrio de la ciudad esta cuestión: “Quiero saber qué quiere decir el agua cuando hierve en la olla”, anunciando a sus súbditos que a quien no supiera la respuesta le cortaría la cabeza”. Ninguno de los habitantes la supieron, y el rey cumplió su palabra.
Cuando hizo la misma pregunta en el barrio en el que se encontraban la joven y el mendigo, la muchacha le dijo a su padre adoptivo: “No temas. Cuando el rey te pregunte dile que el agua que hierve en la olla dice lo siguiente: sobre la tierra, corría; en cielo, he volado, y con la leña del bosque que he hecho crecer regándolo, me quema”.
La respuesta sorprendió al sultán, quien quiso seguir poniendo al hombre a prueba. Para ello le dijo: “coge este mármol y córtame una túnica con su espesor. La necesito para ponérmela en la oración del viernes. Si no, te cortaré la cabeza”.
Una vez más, el pobre se mostró temeroso ante su hija adoptiva, quien resolutiva le dijo al mendigo que fuera a la orilla y cogiera dos cestos de arena blanca y se los llevara al sultán, diciéndole: “me has dado la tela, pero no el hilo. Lleva esa arena a tus mujeres y diles que lo hilen para que pueda coser tu túnica”.
Así lo hizo y el rey, enfadado, le contestó: “¿Ahora se hila la arena?”. Y entonces el mendigo le contestó: “Claro, monseñor, desde que se cosen túnicas de mármol”. Entonces el rey se rio y le pidió perdón, pero le preguntó quién le daba esas respuestas, que evidentemente no procedían de él.
Petición de matrimonio
El mendigo le contó la historia de su hija adoptiva y el rey mostró su deseo de tomarla en matrimonio. A cambio, le envió grandes y variados regalos, pero a lo largo del camino los mensajeros fueron robando un poco de cada cosa. Cuando llegaron a su destino, la mujer escribió al sultán para darle las gracias y para informarle del hurto: “Han tomado del cielo dos palmos; de la tierra, dos codos; de las estrellas, dos estrellas; me pongo bajo tu protección y te pido que no castigues a tus esclavos”. El sultán le respondió advirtiéndole que debía ser discreta y no mostrarse más sabia que él.
Cuando la mujer se presentó finalmente ante el rey para los esponsales, se dio una gran fiesta en los alrededores del palacio. Entre las gentes que habían venido a los festejos había un hombre que había traído una mula preñada, mientras que otro había llevado a su camella, también preñada. Las habían atado y se habían marchado a la fiesta, y las dos hembras parieron durante su ausencia. El primero en regresar fue el dueño de la camella, quien intercambió a la cría de la camella por la de la mula.
Cuando el dueño de la mula se percató del cambio reclamó su cría, pero el otro hombre no le hizo caso y terminaron pleiteando ante el rey, quien les incitó a coger la cría que simplemente hubieran encontrado más cerca de su animal. El dueño de la mula, ante esta decisión, se puso a llorar bajo la ventana de la joven novia, quien se interesó por sus lágrimas.
La solución perfecta
La joven le dijo que se presentara al día siguiente y le dijera al rey la siguiente frase: “La justicia está ausente y la verdad está enferma”. El hombre así lo hizo y cuando el rey preguntó que ocurría, le contó que había sembrado cebada a la orilla del río y un pez había acudido a comérsela. El sultán, enfadado, le dijo: “¿Es que los peces comen cebada?”, a lo que el hombre respondió: “¿Es que las mulas crían camellos?”.
El sultán ordenó que le dieran el potrillo a su dueño y comprendiendo el papel que había tenido su esposa en la historia dio orden que se la llevaran de vuelta a su casa con todas las riquezas que quisiera coger. “Eres demasiado sabia para mí”, le dijo.
Ella accedió, pero solicitó que se tomaran antes un té. Al prepararlo, le puso un narcótico en la bebida, de manera que el rey se durmió y, cuando se despertó, se vio en la casa de la joven, acostado sobre hermosas alfombras. Ella, entonces, le dijo: “Tú me habías autorizado, oh rey afortunado, a traerme todas las riquezas que me gustaran de tu casa y me he traído la única cosa que amaba”.
Entonces el rey se alegró, la tomó definitivamente como esposa y fueron felices.
Y mi cuento se ha ido con la corriente de los ríos…
Un aclamado cuento marroquí
El cuento de “La doncella y el mendigo” tiene un comienzo un tanto clásico, que asemeja mucho al de algunos cuentos occidentales, como el de la Bella Durmiente, asentado en una profecía. Sin embargo, sus rasgos más orientales enseguida hacen acto de presencia, como la importancia de la fertilidad, el precepto recogido en el Corán que anima a alimentar a los necesitados o la presencia de la acción en la oración del viernes.
Además, en el cuento aparecen las adivinanzas que tanto gustan en Marruecos, de las que el cuentacuentos puede sacar buen provecho, manteniendo la atención de su audiencia. Y atendiéndonos a la época en la que se cuenta, hay que subrayar que en todo el relato se indica que una mujer, y más cortesana, no puede ser más sabia que el sultán. Por último, la narración de “La doncella y el mendigo”, que atrapa al oyente desde el comienzo a medida que avanza con giros de guion, adivinanzas y grandes sorpresas, acaba con una fórmula que se asemeja a nuestro “colorín, colorado, este cuento se ha acabado”, poniendo en paralelo una forma común de dar por finalizada una historia antes de que el público estalle en aplausos.







