El vaso encantado: cuento marroquí de la cherifa Lala Urqiya
La magia, como es habitual en los cuentos marroquíes, está muy presente en “El vaso encantado”, una narración que se transmitía por vía oral por la cherifa Lala Urqiya. Sus grandes dotes como cuentista, unido a la intriga de la propia narración, hacía que se mantuvieran embelesadas tanto las mujeres de la nobleza imperial como las esclavas, que escuchaban esta historia con gran atención.
El cuento “El vaso encantado” tiene todos los componentes para que, bien contado, la audiencia se mantuviera atenta a una historia con múltiples giros inesperados. Esto le permitía a la cherifa Lala Urqiya satisfacer los deseos de entretenimiento de la clase noble y después acudir a las cocinas, donde las esclavas le proporcionaban comida exquisita, el pan caliente más apetitoso y la mantequilla más fresca, entre otros regalos, a cambio de una narración que les permitía un rato de esparcimiento.
Lala Urqiya, que vivía en un convento donde eran acogidas las mujeres sin marido, era asidua de los grandes harenes. La describen como una mujer incansable, lista, buena narradora y con una memoria prodigiosa para contar esos cuentos maravillosos que se transmitían por vía oral de generación en generación. La narración del “El vaso encantado” era uno de ellos.
El vaso encantado
Había una vez un hombre que, tras recibir las riquezas que le dejó su padre en herencia, las dilapidó en compras innecesarias, hasta que un día le quedó lo justo para comprar un pan. Entonces decidió emplearse, encontrando un puesto de hornero en el asadero de corderos.
Pero como el oficio era difícil, cada día se ganaba unos golpes al cocer demasiado o muy poco la carne. Un día, el hombre quemó un asado para un cliente y recibió tantos palos que huyó la ciudad, pensando que, puesto que no sabía hacer un asado convenientemente, no le quedaba otra que destruirse a sí mismo. Convencido, se puso en dirección al río con la idea de ahogarse en él.
De pronto, tropezó con una gran piedra. Pensando que escondía algo, la movió, y vio una losa con una anilla. Levantó la losa y descubrió un cofre, y dentro de él otros seis cofres más. Tras abrir el último, descubrió, por toda riqueza, un vaso. Lo tomó y pensó: “beberé antes de tirarme al río”. Y así lo hizo cuando llegó a su destino.
Pero el vaso estaba encantado y el agua se transformaba en monedas de oro, que le caían encima abundantemente cuando intentaba beber. Entonces le dio la espalda al río y comenzó a vivir procurándose de todos los bienes a su antojo gracias al vaso encantado, que siempre llevaba consigo.
Un encuentro decisivo
Un día, paseando cerca de los jardines del rey, pidió autorización al portero para entrar a descansar bajo los árboles verdes. Tras una generosa propina, el portero le autorizó la entrada, e incluso le procuró una mesa y un té.
Estaba el hombre descansando y bebiendo su té cuando la hija del rey contempló la escena desde la terraza del palacio y le increpó diciéndole que estaba prohibido entrar en los jardines de su padre. El hombre, sin embargo, le invitó a tomar el té con ella.
La hija del rey bajó hasta donde el hombre se encontraba y se sentó con él en la mesa. El hombre le sirvió el té en el vaso encantado y la mujer, al beber, se inundó de monedas de oro. “Oh, dame este vaso. Lo quiero”, le dijo. El hombre contestó que se lo daría con gusto, siempre que le dejara poseerla. La hija del rey consintió y posteriormente subió a sus aposentos con el vaso.
El destino da un giro inesperado
El hombre, como ya no tenía consigo la fuente de sus riquezas, volvió a su trabajo como hornero en el negocio del asadero de corderos. Pero la hija del rey se dio cuenta al poco tiempo que estaba embarazada. Por miedo a decírselo a su padre, mandó ensillar a un caballo y abandonó el palacio, llevándose el vaso encantado.
Finalmente llegó a una ciudad que no conocía y allí se compró un jardín y una casa, además de esclavos, gracias a la riqueza que le proporcionaba el vaso. Su padre, cuando regresó de su paseo y no la encontró en el palacio, se puso muy triste e inició su búsqueda.
Un día llegó a una ciudad y, al ver una casa con jardín, pidió que se le permitiera descansar del agotador viaje. En realidad, el rey había llegado a la casa de su hija, quien dio órdenes para que el huésped fuera bien recibido. Después de tomar un baño y descansar, ella lo invitó a tomar el té y se lo sirvió en el vaso encantado, sin que el rey la reconociera. En cuanto el rey se dio cuenta de las extraordinarias cualidades del vaso, le dijo: “dame ese vaso, te lo ruego”. Entonces la joven le reveló que en realidad era su hija y le contó todo lo ocurrido en el jardín del palacio, argumentando que había sido el vaso el que había posibilitado que fuera madre.
La hija del rey regresa al palacio
El rey, feliz de haber encontrado a su hija, le llevó de vuelta al palacio y anunció que quería casarla, convocando a los jóvenes del reino para que ella pudiera elegir. El hornero quiso presentarse ante el rey y su hija, pero los guardias se lo impidieron, mientras él les increpaba: “tengo que decirle al rey solo dos palabras al oído”. El hombre pensaba: “Le diré ¡el vaso! y él comprenderá”.
La muchacha vio desfilar a todos los jóvenes, pero ninguno le gustaba. Entonces el rey mandó llamar al jefe de su guardia y le preguntó si ya no quedaban más jóvenes para que pudiera elegir su hija. El jefe de la guardia le comentó que solo quedaba el hornero del asadero de corderos, pero que le habían echado.
Entonces la joven le increpó: “Ve a buscarlo” y cuando el hornero pasó delante de su ventana, ella le eligió y comentó a su padre, que estaba extrañado, que era el hombre del vaso encantado, quien la había dejado encinta. Como el rey no tenía nada que objetar permitió que se celebraran los esponsales con gran pompa. La joven dama devolvió el vaso a su marido y vivieron felices.
Contextualización del cuento
El cuento “El vaso encantado” contiene algunos signos propios de la época y lugar donde se transmite la narración oral (además de varios detalles que pueden considerarse machistas desde una perspectiva actual). Por un lado, habla de un oficio tradicional en determinadas zonas de Marruecos, como el de hornero en un asadero de corderos.
En algunos pueblos era tradición matar a un cordero de la propia casa y llevarlo al horno del pueblo, donde asaban al animal. La comida era recogida posteriormente por el cliente para llevarla a su casa. En estos sitios, además, era común la presencia de aprendices, habitualmente jóvenes que aprendían el oficio y eran enseñados por los maestros, muy exigentes con el aprendizaje de sus pupilos.
Además, la narración muestra una cuestión considerada tabú, como es el embarazo de una joven sin estar casada, razón por la cual en el cuento la hija del rey huye de casa antes de tener que comentar la cuestión con su padre. El rey, cuando se entera la noticia, convoca a los jóvenes del lugar para realizar el casamiento de su hija, el único acto que puede restaurar su honor.
No es difícil imaginar a la cherifa Lala Urqiya visitando palacios para contar el cuento a la nobleza, para posteriormente escabullirse a las cocinas, donde a cambio de su virtud como cuentista puede satisfacer su apetito y volver al cherifato con el estómago satisfecho y colmada de regalos.







